5 ago. 2012

EL MOVIMIENTO OBRERO BAJO LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA (II)

La colaboración iba a encontrar sus límites con motivo de la convocatoria de la Asamblea Nacional Consultiva, cuyos 400 miembros eran designados -no elegidos- por el gobierno entre funcionarios de distintos niveles (integrantes de la Unión Patriótica), miembros de derechos propio -es decir, los altos cargos del país- y representaciones de la cultura, el trabajo, etc.  El nombramiento como asambleístas de seis dirigentes socialistas y de UGT hizo saltar la chispa.  Inmediatamente éstos renunciaron al cargo, actitud aprobada por los Congresos Extraordinarios convocados para estudiar el tema.
En el decimosegundo congreso, celebrado en 1928, este tema, el de la colaboración, fue el centro de los debates.  Prieto y Menéndez defendieron no sólo la colaboración, sino incluso el enfrentamiento con la Dictadura, aunque la mayoría representada por Besteiro explotaba el miedo de la población ante el vacío de poder que se produce tras la caída de cualquier dictadura.  Si bien triunfó la mayoría colaboracionista, el despegue se había mostrado claramente y conduciría a la colaboración socialista en el Pacto de San Sebastián, que traería la segunda República.

Para la Confederación Nacional de Trabajadores, la Dictadura supuso un nuevo período de clandestinidad a la que estaba muy acostumbrada.  Nuevamente empezaron a surgir los grupos partidarios de la propaganda por el hecho, siendo innumerables las acciones en que participaron elementos anarquistas.
Los deseos de supervivencia llevaron a la generación histórica del anraco-sindicalismo, representada fundamentalmente por Pestaña, a intentar dar un nuevo giro a la CNT, haciéndola lo suficientemente maleable como para que fuera posible su adaptación a cualquier situación.  Lo que estaba buscando era la aceptación por los anarquistas de un parlamentarismo previsible a corto plazo.  Las reacciones de protesta fueron muy vivas, aunque su graduación fuera diversa.  Así, mientras refutaba el revisionismo de Pestaña, el grupo mucho más extremista de la FAI, que se había constituido en el año 1927, no se limitó a manifestarse en contra del neutralismo ideológico de la Confederación, reafirmándose en el modo anarquista de la misma, sino que comenzó la labor de control de ésta desplazando a los núcleos desviacionistas.
La sustitución de Primo de Rivera por Berenguer significó un alivio para la organización.  El 30 de abril de 1930 consiguió su legalización, después de la entrevista sostenida entre el representante del gobierno (el general Mola) y Ángel Pestaña. La reanudación de sus órganos de expresión permitió la labor organizativa, aunque a la llegada de la Segunda República sus cuadros no estuvieran totalmente rehechos.

En cuanto al Partido Comunista, declarado ilegal apenas nació, tenía enfrente no sólo a la burguesí, sino también a los socialistas, por lo que se limitaron a consolidarse en la medida de lo posible.  Su labor únicamente fue notoria en la región vizcaína, donde promovieron una huelga minera de carácter político, como protesta contra la pretendida asamblea.  También es de señalar en este período el paso de elementos cenetistas a sus filas.  Esto quizá se debió a los debates de la Conferencia de Pamplona (que se celebró en Bilbao), en la que se planteó la necesidad de agrupar a las fuerzas obreras en una sola central.
La UGT fue desechada por reformista, decidiéndose que la plataforma a utilizar sería la CNT, para lo que se creó un Comité de Reconstrucción de la CNT Revolucionaria, a fin de reconstruirla sobre bases nuevas.  La labor de captación se dirigió preferentemente a Barcelona y Sevilla, tomando a ambas capitales como núcleos de expansión.  Las divergencias provocadas por la diferencia de criterios entre Stalin y Trotski, que habían de dividir a los movimientos comunistas de todo el mundo, tuvieron su reflejo en la creación del ala trotskista, dirigida por el ex-cenetista Andrés.

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