11 ago. 2012

DE FEBRERO A JULIO DE 1936 (IV)

Las palabras de Prieto contrastaban con las de Dolores Ibárruri ("La Pasionaria"), el miembro más influyente del Partido Comunista Español:

"La República debe satisfacer las necesidades del pueblo.  Si no lo hace, el pueblo la derribará e impondrá su propia voluntad."

Los jóvenes partidarios de Largo Caballero se sentían dueños del futuro.  Pensaban dominar a los comunistas y educar a los anarquistas.
Largo Caballero, entre confundido y halagado, no era totalmente partidario de la fusión de la UGT, CNT y PCE, pero tampoco podía evitar que los jóvenes activistas Julio Álvarez Vayo, Santiago Carrillo, Carlos Baráibar, Rafael Vidiella... favoreciesen la fusión.  El J.S.U. (Juventud Socialista Unificada) y el P.S.U.C. (Partido Socialista Unificado de Cataluña) pedían un gobierno proletario, socialización de la industria, colectivización de la agricultura y un ejército rojo.
Largo Caballero contenía aún el ímpetu de sus seguidores e insistía en su lealtad al Frente Popular, por lo que en su programa todavía tenían cabida la garantía de la libertad de prensa y el sufragio secreto.  No cabía duda de que el socialismo se hallaba dividido por la pugna Prieto-Largo Caballero, y el mundo obrero mostraba cierta incoherencia.  La brecha de las disensiones entre la U.G.T. y la C.N.T. no acababa de cerrarse.  Se dudaba de que Largo Caballero llevara a la UGT hacia posturas revolucionarias.  Los anarquistas tenían serias razones para pensar que los socialistas no eran revolucionarios dignos de confianza y que Largo Caballero, con su historial sindical, seguía siendo el socialista pasivo de otros tiempos.  Por otra parte, el ideario comunista se adentraba en las juventudes socialistas, infiltración que iría creciendo a lo largo de la Guerra Civil.
Prieto, pese a que era apoyado por intelectuales socialistas como Jiménez de Asúa, Juan Negrín, Julián Zugaazagoitia (director de "El Socialista") y por la ejecutiva del PSOE, se vio desautorizado por una gran parte de los socialistas, negándose, en aras de la unión del Frente Popular, a convertirse en jefe de gobierno.
Los socialistas, bloqueando así a la izquierda republicana, cumplían al pie de la letra el pacto del Frente Popular, pero la realidad era que dejaban desguarnecido a Azaña y abierto el camino a sus deseos.  Con este sentido debe interpretarse el gobierno de Casares Quiroga, hombre enfermo, fiel amigo y aliado político de Azaña.
Los republicanos burgueses demócratas siguieron con su obra de modernización de España en el campo educativo, regional, de la reforma agraria...  A pesar de las protestas de las derechas, la redistribución de la tierra y los asentamientos de campesinos tomaron un ritmo acelerado en 1936.
Las izquierdas estaban convencidas de que eran el alma del gobierno, de que la Historia obraba de su parte y de que el proletariado no tardaría en hacerse con el poder.  Además, tenían a Azaña, el único dirigente burgués con capacidad, encerrado en su jaula de la presidencia de la República.
Marañón, Miguel Maura, Prieto, Besteiro, Sánchez Román, Jiménez de Asúa... presagiaban una guerra civil si no se disipaba el ambiente revolucionario que imperaba en general.  Aunque tanto socialistas como anarquistas creían que sólo una insurrección armada daría a los trabajadores la victoria decisiva, no fue el objetivo revolucionario, sino la resistencia a la contrarrevolución lo que habría de desatar una verdadera revolución social en la España republicana.  No hay duda de que los creyentes en el golpe de mano proletario pensaban que una contrarrevolución podía aclarar la atmósfera.  La revuelta de los generales aceleró esta revolución que muchos deseaban, pero que nadie esperaba tan pronto.

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