11 ago. 2012

DE FEBRERO A JULIO DE 1936 (I)

La victoria de las izquierdas sembró el pánico en las derechas.  Diversos autores afirman que ya por entonces Franco recibió emisarios derechista incitándole a dar un golpe de estado y anular las elecciones, lo que el general habría rehusado, negándose a dejarse arrastrar por la emotividad inicial del pánico.
Portela se mostraba atemorizado y Alcalá Zamora, con el deseo de evitar el caos, entregó el poder inmediatamente a Manuel Azaña, quien anunció que llevaría a cabo el programa del Frente Popular con la mayor rapidez posible.
Conforme a lo pactado, se constituyó un gabinete ministerial enteramente republicano.  El 22 de febrero fueron amnistiados los presos que aún permanecían encarcelados (unos 15.000) como consecuencia de la revolución de octubre de 1934.  A continuación se aprobó la autonomía de Cataluña bajo el estatuto de 1932. También los ayuntamientos vascos, suspendidos en 1934, fueron restablecidos.  Otra orden restablecía los tribunales laborales con mayoría pro-obrera y aquellos oficiales y funcionarios destituidos por complicidad con la revolución asturiana.
Para evitar su posible implicación en conspiraciones, Azaña alejó a los generales Franco y Goded, nombrándoles comandantes militares de Canarias y Baleares, respectivamente.
Pronto se manifestó la llamada "pendiente de la violencia", aunque no adquirió carácter general, ya que ciertas regiones quedaron al margen de los disturbios.  Se multiplicaron, no obstante, los choques callejeros entre milicias de partido de las grandes ciudades, los mítines monstruos, una oleada de huelgas incontrolada y relampagueante y la aparición del campesinado revolucionario con la toma de tierras en Extremadura.
Mientras los derechistas adoptaron como consigna: "Contra la revolución", en muchos pueblos se pensó: "Los curas han perdido, luego hay que desarmar a sus amigos y asaltar las iglesias y conventos y los centros de Acción Popular".  En las aldeas, debido a la confiscación de tierras, las gentes entraban en conflicto con la Guardia Civil.
En las ciudades, los tiroteos y lanzamientos de bombas fueron cosa frecuente.  A un intento de asesinato de Jiménez de Asúa, en el que mataron al policía que lo acompañaba, el pueblo reaccionó quemando dos iglesias y asaltando "La Nación", el periódico de Calvo Sotelo.  El gobierno tubo que colocar policías para guardar las iglesias y los edificios de los diarios "El Debate" y "ABC".
Azaña comenzaba a ser desbordado por los acontecimientos.  Son reveladoras unas frases por él hacía no mucho:

"...Yo no me hago el distraído, y nosotros vemos el torrente popular que se nos viene encima, y a mí no me da miedo el torrente popular, no temo que nos arrolle; la cuestión es saber dirigirlo... Yo os declaro que mi respuesta más leal es no permitir que esta enorme fuerza se extravíe ni se malgaste en una sola gota ni se pierda..."

Sin embargo, las dificultades se multiplicaban, y Azaña, ante el estupor de sus partidarios, que decían: "Pero este hombre no nos abandonará ahora...", dejó la presidencia de consejo por la más tranquila presidencia de la República, sustituyendo así a Alcalá Zamora, hombre que se había hecho odioso a todos los partidos.

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