6 ago. 2012

AZAÑA Y LOS SOCIALISTAS EN EL PODER (I)

Azaña encarnó la República como Cánovas había encarnado la Restauración.  Se ha dicho que la República fue su obra y su fracaso, el fracaso de aquélla.
El 16 de octubre, Azaña se convertía en jefe del gobierno.  Sus ideas y su elocuencia le habían elevado a dirigente natural de la coalición de republicanos liberales y socialistas.  Fue clarividente al comprender que una Constitución sin el apoyo de los socialistas sería del todo inviable.  Ésta será una de sus constantes políticas.  En lo que respecta al socialismo español, podemos preguntarnos: ¿Fue una equivocación o un acierto el haberse dejado domesticar por la República, como ya lo había sido por la Dictadura?
Azaña reveló inmediatamente su pensamiento político: la República perecería si no promulgaba leyes que sancionaran los cambios radicales de la sociedad contemporánea, y, en segundo lugar, la salvaguardia de la República era antes que los principios liberales y los derechos de las minorías. Un Estado antiguo y estable podía correr riesgos por la libertad; un Estado nuevo, sin embargo, tenía como obligación principal lograr su propia supervivencia.
La República debía castigar las disensiones políticas, sociales y religiosas y la difamación contra el nuevo régimen; resultaba un tanto paradójico que un régimen democrático tratara de procurarse poderes policíacos excepcionales, pero no tanto si consideramos que este gobierno republicano era esencialmente liberal, semiburgués y que estaba dispuesto a establecer una república democrática burguesa.  La clase obrera, consciente de la inutilidad de esperar su liberación de la demagógica actividad del radicalismo pequeño burgués, se entregará cada vez más decididamente a la acción sindical apolítica y revolucionaria.  Esta tendencia la encarna la CNT y, en menor medida, la UGT.
La clase obrera sentía desdén por Azaña y se consideraba ajena a la política republicana de éste.  Otro rasgo típico de Azaña fue el decretar una reducción del 50% de los funcionarios civiles, como medida para frenar el despilfarro administrativo, pagando bien a los pocos que trabajaran bien.

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