12 ago. 2012

AYUDA EXTRANJERA: COMITÉ DE NO-INTERVENCIÓN

La Guerra Civil española interesaba a las potencias europeas.  España ocupaba una zona de confluencias en el Mediterráneo occidental, muy cerca de Marruecos, donde Francia, Inglaterra y ella misma tenía desde el siglo anterior intereses.  Los hombres de negocios de todas las naciones, a partir de 1906, se habían ido estableciendo en Tánger, tras su reconocimiento como puerto franco e internacional. Una guerra civil en España podía significar una alteración del statu quo existente, por lo que algunas naciones europeas se consideraban obligadas no sólo a tomar posiciones con respecto a las dos partes, sino incluso a intervenir directamente.
Ya desde el comienzo del conflicto ambos bandos contendientes estaban necesitados de equipo y material adecuados para poder llevar a cabo una guerra, ya que el ejército español, como consecuencia del desastre económico y de las medidas antimilitaristas del gobierno republicano, carecía del armamento necesario y el disponible estaba anticuado.  Mientras Giral pidió ayuda a Francia, el bando nacional contó con el apoyo de Italia, Alemania y Portugal.
Francia era uno de los países más interesados en el conflicto.  Aunque había también en este país partidos de filiación derechista, como Action Française, que era simpatizante de los sublevados, León Blum, jefe del gobierno y socialista, coincidía ideológicamente con Giral, y los poderosos sindicatos franceses socialistas y comunistas eran lógicamente partidarios de la República.  pero no era sólo la comunión de las ideas de izquierdas la causa de este acercamiento, sino también el miedo a que en su frontera sur se pudiese llegar a establecer un gobierno autoritario, aliado de otro enemigo que comenzaba a ser una amenaza para Europa: el nazismo alemán.
A pesar de esta postura amistosa hacia el gobierno de Giral, cuando el 20 de julio éste solicitó ayuda a León Blum, el gobierno francés encontró que ésta podía crearle serios problemas: aunque no abiertamente, Inglaterra había tomado una postura subrepticiamente favorable hacia los sublevados; no era, pues, ocasión apropiada para enemistarse con los británicos, máxime cuando existía también una amenaza de guerra civil en su propio territorio por causa  del enfrentamiento de las fuerzas derechistas e izquierdistas.  El otro problema era la posible enemistad de la cada vez más poderosa Alemania. Resultaba necesario no sólo no contrariar a Hitler, sino también mostrarse complaciente con el gobierno belga, abiertamente profranquista, que estaba sirviendo de tapón al avance alemán.
Aunque el ministro de la Guerra, Cot, había enviado secretamente y con ruta fingida algunos aviones y habían cruzado la frontera algunos voluntarios, León Blum propuso la fórmula de la "No-intervención" el 8 de agosto de 1936.  Esperaba que las demás potencias se adhirieran a esta fórmula, de modo que la guerra terminase en breve plazo por agotamiento de ambos contendientes.
Inglaterra se desinteresaba de las ideas políticas que se dilucidaban en la contienda para centrarse en sus intereses económicos, a los que favorecía la seguridad del orden político que ofrecían los nacionales, vital para el comercio.  Además esperaba la concesión de las minas del Rif y Riotinto, que habían sido ocupada desde el principio por los insurgentes.
Sin embargo, como los Altos Hornos vascos y la electricidad catalana estaban en zona republicana, el gobierno inglés se decidió también por la fórmula de "No-intervención", aunque parecía evidente su deseo de que Franco obtuviese la victoria.
Estados Unidos, de tradición democrática, se sentía lógicamente atraído por los ideales de la República; pero atendiendo a sus intereses comerciales, vendía a los nacionales gasolina a la que decidieron no considerar material de guerra.
La Unión Soviética era abierta y decididamente partidaria del gobierno de Madrid, enviando desde el primer momento material, hombres y víveres, sobre todo a partir de la llegada a España del embajador Marcel Rosemberg. Las demostraciones de amistad se materializaban  en ambas naciones a nivel popular y de dirigentes.  Era importante para la causa comunista el mantenimiento del Frente Popular, que por primera vez había alcanzado el poder en una nación mediante elecciones y sin necesidad de un golpe revolucionario. Sin embargo, los soviéticos se abstuvieron de enviar directamente armamento durante los primeros meses del conflicto, aunque sí lo hicieron solapadamente.  Sólo cuando se inició el primer asedio a Madrid, Rusia mandó, a cambio del oro español, armamento y hombres, envíos que continuaron hasta el final de la guerra.
México también apoyó abiertamente al gobierno de Azaña, negándose a aceptar al Comité de No-Intervención.  No pretendió disimular sus simpatías, como lo había hecho Francia, y envió desde el principio fusiles y víveres, no exigiendo tampoco garantías de pago especiales, cosa que sí que hizo, como ya hemos visto, la Unión Soviética, la cual no aceptó el pago en pesetas.
Era lógico que países como Francia, Rusia y México apoyaran al bando republicano, como también lo era que los países del Eje se alinearan contra los sublevados.  Italia, Alemania y Portugal hacían propia la causa de Franco.  El problema político-militar en que se encontraba España era similar al producido en estos países: lucha por conseguir la unidad nacional mediante un Estado unitario, gobernado por un partido único y fuerte, frente a fuerzas disgragadoras de las corrientes democráticas existentes en Europa; engrandecimiento material y espiritual de la patria, conservando su tradición y su acervo cultural propios.
Alemania envió aviones desde los primeros días del Alzamiento, gracias a los cuales se pudo completar el paso de las tropas por el Estrecho, donde la marina republicana perseguía y cañoneaba los convoyes que venían de Marruecos.  Hacia el 28 de julio habían llegado al protectorado marroquí veinte JU 52, aviones de transporte pesado que hicieron posible completar el 5 de agosto el trasvase de tropas marroquíes a Sevilla.
Italia prestó también su ayuda desde los primeros momentos de una forma desinteresada y apasionada.  Los italianos que vinieron a España lo hicieron con entusiasmo, alta moral y una ingenua sensación de aventura para servir a su duce en la lucha contra el comunismo.  En el mismo mes del Alzamiento, Mussolini envió 12 bombarderos, tres de los cuales tuvieron que aterrizar en el Marruecos francés por falta de combustible.
En cuanto al Portugal de Oliveira Salazar, dio toda clase de facilidades a los insurgentes durante la preparación de la sublevación, convirtiéndose después en base de suministros y permitiendo el libre uso de su frontera a los nacionales.

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