21 jul. 2012

PROBLEMAS SOCIALES A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX (III)

Al hablar de la estructura  de la propiedad nos referíamos a una debilísima clase media, incapaz de amortiguar la violencia continua de los conflictos sociales, originados por una estructura social deforme y enferma.  La conciencia y la función de una sólida clase media en Europa venía configurada por la existencia de una auténtica revolución burguesa.  En España resultaba difícil trazar las fronteras de ese heterogéneo sector llamado "clases medias".
Cabe hablar de los empresarios o patronos agrícolas con fincas propias de extensión media; también los técnicos, quienes se abrirán paso en los consejos de administración de las grandes compañías y cuya edad de oro fue la Dictadura de Primo de Rivera, a diferencia de los médicos, periodistas y profesores universitarios, que se volvieron hacia la República. Políticamente, la clase media estaba orillada, pues carecía de organización y de partido.  Cuando estalla la Guerra Civil, las clases medias estaban divididas en lo que respecta a sus convicciones políticas: conservadurismo de los propietarios rurales, republicanismo de los pequeños comerciantes, etc...  en general, las clases medias son afectas a las reformas moderadas que no pongan en peligro la estabilidad del país.  El ejército, tanto por su extracción como por su nivel económico, pertenece a las clases medias.  A diferencia del siglo XIX, el ejército ahora tiende a desentenderse de los conflictos entre partidos y es opuesto a los movimientos regionalistas.  Cada vez se sentirán los militares más sensibles a su prestigio como estamento y se considerarán depositarios del orden y de la paz públicos, simbolizados por la monarquía.  Por supuesto que nos encontraremos con militares de tendencias socializantes, pero su inclinación tiende, en líneas generales, a sentirse los encargados de defender la voluntad popular y de preservar los valores eternos de la integridad espiritual de la patria.  Ante las tendencias tumultuarias de los tiempos, su gestión pugna por establecer el orden.
Respecto a la población obrera, nos sobran datos oficiales y oficiosos para encontrar jornadas de trabajo superiores a las 10 horas, escasa o nula seguridad laboral, jornales insuficientes, trabajo infantil....  El obrero es auténticamente un esclavo (sin vacaciones, con todo el núcleo familiar trabajando a destajo durante largas jornadas, habitando en viviendas pequeñas e insalubres, arrojando altos coeficientes de mortalidad...).  Los obreros llevarán a cabo durante las primeras décadas del siglo XX una intensa acción encaminada a mejorar su nivel de vida por medio del asociacionismo y la huelga.  Con el inmovilismo de la propiedad campesina, con la falta de conciencia social de la clases dirigentes, con un mínimo nivel económico y cultural (66,65% de analfabetos en 1900) del Movimiento Obrero y con un número extraordinario de afiliados a la C.N.T. y a la U.G.T. nos presentamos en la cuarta década del siglo.  Los desfases son grandes; la crisis social patente.  Pero sobre estos aspectos volveremos a referirnos extensamente más adelante, ya que la importancia del tema así lo exige.

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