21 jul. 2012

LOS PROBLEMAS SOCIALES A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX (II)

Con posterioridad a 1875 fueron creados 214 marqueses, 167 condes, 30 vizcondes y 28 varones, que imponían sus costumbres aristocráticas y cortesanas; por ejemplo la del veraneo.  Pasar el verano en Madrid va a ser considerado como un estigma social.  Cuando la monarquía se haga impopular, la aristocracia seguirá los mismos pasos, porque hasta cierto punto, la existencia de la aristocracia dependía de la del rey.  Hacia 1931 la aristocracia era una casta aislada, ociosa, solitaria y amenazada por varios movimientos reformistas, tanto democráticos como nacionalistas.
La burguesía sigue ganando en densidad y solidez, hasta consagrarse como la fuerza social más potente de finales del XIX y principios del XX.  La nueva burguesía agraria castellana o levantina, beneficiada por el ferrocarril y por el regadío, está constituida por terratenientes del sur, ferreteros vizcaínos, fabricantes catalanes, comerciantes de los grandes puertos, banqueros y financieros.  A éstos cabe añadir los nuevos ricos que han aprovechado la excepcional estructura creada por la guerra europea de 1914-1918.   A veces, en todos estos grupos se nota una discordancia entre su nivel cultural y su nivel económico, así como su egoísmo desde el punto de vista social.
La burguesía más desarrollada (catalana y vasca), a raíz del desastre de 1898, se proponía reformas concretas en el aparato estatal, económico y social: desafricanizar a España incorporándola a la eficiencia de la economía y la cultura europeas; modificar la monarquía en sentido democrático y descentralizador; imponer en todas las partes el sentido técnico y estadístico, práctico y realista.  Algo consiguieron, pero les faltó el tacto de coordinación social razón por la que plegaron velas y se atemorizaron ante las amenazas del descontento obrero.  Las huelgas de 1901 y 1902, la Semana Trágica de 1909, las huelgas de 1911 y las de 1917 a 1921 hicieron que la burguesía cobrara miedo y en su subconsciente se fuera fraguando un sentimiento de inseguridad en la firmeza de su status económico y social; para neutralizar esta inseguridad orientaron sus esperanzas hacia el ejército y la Dictadura de Primo de Rivera.
Como en la época de la posguerra europea se dedica atención especial a la Iglesia, ahora nos dedicamos a observar la situación y el comportamiento del clero en las primeras décadas del siglo XX.  De manera rigurosa, no cabe adscribir al clero a ningún grupo social; ni siquiera él mismo lo constituye.  Hay en España, en las décadas a que nos referimos, un clero rural tan pobre y desvalido como sus feligreses; hay un clero urbano en intensa simbiosis con la burguesía local, y hay un alto clero que figura entre los grupos dirigentes del país.  Lo que sí es preciso subrayar es la escasa sensibilidad social de un extenso sector de los católicos españoles que, ante los rudos ataques contra la Iglesia, salidos, con lamentable frecuencia, de las filas del Movimiento Obrero, tienden subconscientemente a identificar la causa de la Iglesia con la causa de la burguesía.  Por otra parte, la burguesía no vacila, en su sentimiento de inseguridad social, en utilizar el sólido apoyo que podía suponer para su situación privilegiada la alianza con la Iglesia española, de tan honda raigambre en los sentimientos religiosos de la mayoría del país.  Las consecuencias de tal juego de actividades van a ser graves: en primer lugar, hay que señalar la descristianización de las masas campesinas desarraigadas tras su emigración a la ciudad; en segundo lugar, la debilidad del Movimiento Obrero de signo confesionalmente cristiano; en tercer lugar, la indiferencia de determinados grupos sociales que hacen profesión de su catolicismo ante las justas reivindicaciones de los obreros y campesinos.

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