15 jul. 2012

MISERIA Y MIGRACIÓN DEL CAMPO A LA CIUDAD EN LOS ALBORES DEL SIGLO XX (I)

La corriente migratoria del campo a la ciudad ya se había experimentado durante el siglo XIX, pero el fenómeno revestía unas proporciones muy pequeñas.  Madrid y la región catalana iban absorbiendo a los que llegaban.  Con todo, hasta 1914 las gentes preferían emigrar a América que desplazarse a los grandes núcleos nacionales.  Pero a partir de esta fecha, coincidente con la Primera Guerra Mundial, las zonas industriales demandarán brazos y las regiones agrícolas en crisis no se harán sordas a esa llamada.  Veremos cómo el número de personas nacidas en provincias distintas de aquellas en que viven y están censadas aumenta rápidamente.
Pero ¿por qué la gente se marcha o se ve obligada a marchar de unos sitios a otros?  Existe una razón general, y es que el inmigrante se marcha porque el campo lo echa, o se huye a la ciudad porque la estructura de la propiedad agraria es deficiente, porque al campo le falta mecanización y capitales que invertir, porque en las zonas rurales se da un fuerte paro estacional como consecuencia de esos extensos monocultivos o porque los terrenos rinden poco.  Por otra parte, las ciudades están más adelantadas que los pueblos; existe una mayor industrialización, un desarrollo de los servicios, un mayor nivel de vida; en una palabra, la ciudad ofrece para muchos un mayor número de posibilidades.
Los movimientos migratorios se producen por diferencias de tensión demográfica sobre los recursos económicos disponibles; cuando esta tensión es muy fuerte se origina la emigración a otras zonas donde la tensión es menor.  Veamos el caso práctico: las regiones castellano-leonesas, gallega, manchega, extremeña y del interior de Andalucía son zonas de alto crecimiento demográfico vegetativo y zonas de baja renta per cápita; en estas zonas, pues, se origina una tensión demográfica que provoca la emigración a zonas de mayor desarrollo industrial y menor crecimiento vegetativo, esto es, a Madrid, a todo el norte y a Cataluña.  También las capitales de provincia suelen ser focos atractivos para los pueblos comprendidos dentro de sus límites.
En todos los casos, la dinámica apunta hacia la realidad esencial: la emigración va de las zonas rurales a las áreas industriales.
El sentido de la migración es muy claro: se emigra de las entidades más pequeñas en dirección a las más grandes.  En 1900 la mitad de los españoles vivía en agrupaciones de menos de 5.000 habitantes, y sólo el 21,6% en núcleos mayores de 200.000.  En 1960 sólo el 28,90% vivía en localidades inferiores a 5.000 almas, y, por el contrario, las localidades de 100.000 habitantes habían obtenido unas ganancias extraordinarias (del 27,8%).
Podemos puntualizar algo más: los atractivos de las ciudades no son idénticos para todos.  Así vemos cómo desde 1940 las localidades entre 20.000 y 50.000 habitantes pierden peso, lo que es síntoma de que no atraen a los que marchan al campo.  Esto provocará, a la larga, una concentración inmigratoria, productora, a su vez, de acusados desequilibrios demográficos, así como serios problemas de creación de puestos de trabajo de construcción de viviendas en las zonas industriales (suburbios) y de absentismo en los medios rurales.

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