28 jul. 2012

MIGUEL PRIMO DE RIVERA: LA DICTADURA Y LA ECONOMÍA (I)

La etapa de la Dictadura se benefició, como hemos dicho, de la oleada de prosperidad mundial.  España estaba saliendo de la crisis de la posguerra. Esta crisis es la causa profunda que provoca la irrupción del régimen dictatorial; las quiebras y los conflictos sociales, el incremento del paro, la caída de precios, la inflación cada vez mayor, en una palabra, el caos económico y social en que está sumido el país posibilitan el que Primo de Rivera cuente con el apoyo burgués, con la benevolencia de las clases neutras y no se vea enfrentado violentamente con el proletariado.  A partir de 1924 (los "felices años veinte"), la ola de prosperidad invade Europa y España, y la Dictadura, a pesar de todo, irá sobreviviendo al amparo de este bienestar.
Pero si la coyuntura económica fue la fuerza profunda que posibilitó la llegada de la Dictadura, provocó también su caída cuando en 1929 se rompió bruscamente la coyuntura expansiva y quebró el capitalismo liberal.
Occidente sufría  una tremenda sacudida (intervencionismo del New Deal, devaluación inglesa, ascenso de Hitler al poder...) a la que España no fue ajena (caída de Primo de Rivera y de la monarquía, implantación de la República).  La mayoría de los autores afirman que la crisis mundial de 1929 acentuó las dificultades en que se debatía el dictador, y aunque otros sostuvieron que la Dictadura cayó por causas políticas, tendríamos que decir que las tensiones que causó la economía de la Dictadura sobre la estructura social existente retiraron un punto de apoyo formidable que quizá hubiese permitido a Primo de Rivera subsistir a la crisis de principios de 1930.
Repetidamente se ha afirmado que el gobierno de la Dictadura, en el aspecto económico, acometió proyectos de altos vuelos y consiguió resultados espectaculares.  Vamos a citar algunos de estos propósitos y logros, comenzando por la agricultura.
Las deficiencias de la estructura agraria son gravísimas, como reflejan unas cifras de la superficie inscrita en el catastro en 1928.  Había, por ejemplo, poco más de diez millones de fincas menores de diez hectáreas, y que ocupaban 8.014.715 hectáreas; por el contrario, había 12.488 fincas de más de 250 hectáreas.  Por otra parte, de un total de 49.080.862 hectáreas del campo español, más de 24,5 millones eran de terreno inculto y más de 5,5, improductivo.
En la distribución de todas estas propiedades rústicas, las cifras son impresionantemente más significativas: 1.775.305 propietarios eran dueños de 11.366.390 hectáreas (a 6,41 cada uno), mientras que sólo 14.721 propietarios poseían una cantidad muy superior: 11.068.700 hectáreas (a 752 cada uno).
Si a esta situación sumamos los problemas y secuelas del minifundio y de los arrendamientos, queda patente la "enfermedad" de la agricultura española.
Primo de Rivera intentará subsanar todo esto de dos formas: con la reforma agraria y con el Plan de Obras Hidráulicas.  La reforma agraria que intentó el dictador fue breve y abortada, y se limitó a dos decretos (7 de enero de 1927 y 7 de enero de 1929), que se tradujeron en la compra por parte de los cultivadores de 21.000 hectáreas de tierras y en el adelanto a favor suyo por parte del Estado de la exigua cantidad de 2.148.000 pesetas.  Cuando en 1929 Primo de rivera anunció que iba a ser el año de la reforma agraria, los aristócratas y terratenientes influyentes en palacio combatirán con todas sus fuerzas lo que calificaban de "atentado abominable contra los sagrados derechos de la propiedad".
La otra solución consistió en la creación de las Confederaciones Sindicales Hidrográficas (decreto-ley del 5 de marzo de 1926).  Su objetivo era racionalizar la explotación de los grandes sistemas fluviales españoles.  El sueño de Costa parecía realizarse.  el Estado obligaba a agricultores e industriales a sindicarse en cada cuenca fluvial, para invertir dinero, con ayuda de un plan de regulación de aguas, riegos y electrificación.  En dicho aspecto, hubo una confederación que realizó un buen trabajo: la del Ebro, porque un gran ingeniero, Lorenzo Pardo, encontró allí la ocasión de materializar sus viejos anhelos: presas en las fuentes del Ebro y cuencas subpirenaicas, extensión del canal Aragón-Cataluña, importante red de estudios hidrológicos.  Desgraciadamente, la obra tuvo sus defectos: presupuestos establecidos con muchos ceros y maniobras de los proveedores.  Y fue un casi aislado.  Ninguna otra confederación pudo comparársele.  Los industriales se mostraban reservados, y los agricultores, sin grandes recursos.  el Estado tenía una pesada carga, y los planes quedaron en el papel. Las confederaciones cayeron en el mismo descrédito de toda la Dictadura, que, por el "Circuito de Firmes Especiales" (carreteras) y las exposiciones de 1929, costosas manifestaciones de prestigio, fue tachada de megalómana.

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