29 jul. 2012

MIGUEL PRIMO DE RIVERA: LA DICTADURA Y LA ECONOMÍA (II)

En lo que respecta a la agricultura, si bien las cosechas de vino y aceite fueron muy buenas, hubo necesidad de importar cereales, especialmente trigo y maíz.  En realidad todo siguió igual.  La agricultura continuó manteniendo sus dramáticas deficiencias.  El malestar de la población agrícola siguió en aumento, vinculándose fuertemente al sindicalismo.  La acción de la Dictadura, en este sector, estuvo presidida por un deseo de no alterar de manera esencial la estructura agraria de la nación.  Las medidas de Primo de Rivera estuvieron encaminadas, en todo momento, a contentar a la oligarquía latifundista, mientras la vida del campesino siguió plagada de dificultades.
Es innegable que durante la Dictadura, al amparo de la ola de prosperidad mundial, se estimuló el desarrollo industrial. La producción minera aumentó considerablemente.  El Estado limitó las exigencias de las clases trabajadoras y subvencionó a los capitalistas hulleros con 1.250.000 pesetas mensuales.  La producción de mineral de hierro se duplicó entre 1926 y 1929, y la de carbón aumentó en más de medio millón de toneladas.  Igual ocurrió con el cobre, plomo, zinc... La crisis de 1929 afectó al sector minero con los consiguientes cierres de minas, paro y pérdida de jornales.
La siderurgia y la metalurgia se movieron también por una senda alcista mientras no hubo crisis y a un ritmo muy parecido al de la época de guerra.  La producción de cemento experimentó constantes progresos, lo mismo que la electrificación, alcanzando la energía producida en 1930 un total de 2.609 millones de kilovatios/hora y llegando espectacularmente la electricidad a los medios rurales.  Sólo la industria textil se mantuvo en sus antiguos límites, sufriendo unos precios elevados, unas altisimas tarifas, una insignificante exportación y una flojísima demanda interior.
De cualquier forma, la producción industrial experimentó una sensible mejoría.  Los índices de producción minera e industrial prácticamente se duplicaron, si bien, a partir de 1931, la crisis haría decrecer drásticamente el rimo económico.
También el comercio tuvo un desarrollo considerable, aumentando el comercio exterior un 300%, aunque la balanza comercial fuese deficitaria para España y las exportaciones tuviesen una tendencia a aumentar y las importaciones a disminuir, prueba inequívoca del desarrollo de la economía nacional.
La prosperidad de la Dictadura fue en parte consecuencia del orden, cualquiera que fuese el modo como se consiguió, y tuvo también sus exponentes en la modernización de los ferrocarriles, en la construcción de carreteras y embalses y en la celebración de exposiciones internacionales en Barcelona y Sevilla (1929).  ¿Fue todo esto un reflejo de las ideas de Joaquín Cost o un esplendor aparente, ejemplo del exhibicionismo económico?
En lo que respecta a la política económica y financiera de la Dictadura, ya hemos dicho que favoreció a olivareros y cerealistas, contentando con diversas medidas a la oligarquía latifundista.  Por el contrario, tenderos y fabricantes se vieron fiscalizados al máximo por la política hacendística de Calvo Sotelo.  Por su parte, la oligarquía agraria y la financiera llegaron a un acuerdo (lo mismo que agrarios e industriales) para prohibir la importación de los artículos que se fabricaban en el país.  El intervencionismo en pro de una industria nacional era algo muy caro a Primo de Rivera, a quien obsesionado por sueños de autarquía, le dolían los vinos franceses y los automóviles americanos de las clases altas.  Todo artículo susceptible de ser producido o elaborado en España debía ser producido en ella, independientemente de su coste de producción; de ahí la "intervención" para salvar la producción doméstica de carbón, plomo y resina, de ahí su intento de crear una industria automovilística nacional, de financiar la producción de algodón nacional mediante arancel sobre el importado y de intensificar la política cerealista.  La economía española cayó por tanto en manos de comités que lo regulaban todo, desde la energía hidroeléctrica hasta la industria de las pieles de conejo.  La intervención y el control eran criticados por los grupos que los padecían o por los que no se beneficiaban de ellos; para éstos, lo que el régimen calificaba de política "nacional" ocultaba la defensa de los intereses que sus hombres optaban por amparar mediante un presupuesto hinchado, y a los enemigos de la política económica del dictador, la nueva burocracia "técnica" se les antojaba un mero intento de crear un sindicato para la explotación de la influencia oficial.

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