18 jul. 2012

LOS PROLETARIOS RURALES (II)

La segunda razón fue que los que conseguían ser contratados en la plaza del pueblo (lugar de los parados) eran pagados con bajos salarios, porque la demanda de trabajo era pequeña y la oferta muy grande.  El ingreso medio diario del empleado español era, en 1902, de cuatro pesetas diarias, pero un bracero en Extremadura o Andalucía venía a ganar de 1,5 a 1,75 pesetas; en 1913, la proporción de 4,7 para los primeros y 2,5 para los segundos; en 1930 los salarios de recolección eran de 3,5 pesetas y la media de los obreros de las demás profesiones no bajaba de las nueves pesetas. Las repetidas encuestas demostraban que los salarios no podían cubrir el gasto diario mínimo en alimentos de un jornalero.  Para lograr subsistir tenía que ser ayudado por su mujer y sus hijos.  Pero este hecho de proporcionar mano de obra infantil y femenina más barata impedía que a los hombres se les subiese la paga.  Para colmo, la economía agraria del sur, que apenas podía ofrecer empleo a sus propios trabajadores, se lo proporcionaba en las épocas de siega y recolección, poda o recogida de aceitunas a jornaleros venidos de Galicia, Portugal, ambas Castillas, etc.
Considerando un máximo de días de trabajo y un mínimo jornal, un bracero habría alcanzado en 1918 unos ingresos anuales de 1.055 pesetas, en una época en la que el ingreso medio de España, arrastrado por la inflación, era de 2.923 pesetas.  En todos los casos, los salarios rurales rara vez eran la mitad, y nunca equivalían a las dos terceras partes de los ingresos pagados a los obreros de la industria.  Era cierto que los alquileres eran más baratos en el campo que en las ciudades, según datos del Ministerio de Trabajo, entre 1914 y 1931.
Si el año era malo, la miseria y la desnutrición, siempre permanentes, alcanzaba en estos momentos grados desesperados.  Podía intervenir el Estado dándoles trabajo en obras públicas, aunque esto no resolvía nada si la crisis era larga; también el Estado podía obligar a los empresarios a contratarles por el sistema paternal de alojamientos, por el que el propietario tenía que darles trabajo y una pequeña cantidad para que pudieran alimentar a sus familias.  Este método también duraba poco y los propietarios los despedían escudándose en la difícil situación económica.

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