1 jul. 2012

LAS FUERZAS MARGINADAS POR LA RESTAURACIÓN (I)

La Constitución de 1876, que fue el eje de la Restauración, era una mezcla de teoría política de los moderados de mediados de siglo y de las prácticas del parlamentarismo inglés que dejaba al margen significativas fuerzas sociales que deberíamos tener en cuenta para mejor conocer la realidad política del país.
Consideraremos, en primer lugar, la marginación y consiguiente oposición de "las derechas".  A muchos tradicionalistas y conservadores a la antigua no les gustaba nada la flexibilidad del sistema canovista; les asustaba una monarquía parlamentaria en la que realmente los conservadores podían modificar las leyes; mas estas modificaciones debían enfocarse en un concepto liberal.  Estos moderados intolerantes querían una restauración a lo Fernando VII en 1814.  En 1875, alguna de estas personas se habían metido en el gobierno y rápidamente supervisaron "la moral y la recta doctrina", eliminando cuanto significaba la libertad de pensamiento, libertad de prensa y libertad de cátedra.
Estos archiconservadores querían a toda costa la unidad religiosa, aunque para ello necesitaran restablecer la Inquisición.  Cánovas, católico, no quería ligar la supresión de la libertad de pensamiento a la Restauración, y también veía ineficaz la unidad católica.  Cánovas dejó claro que el catolicismo sería la religión oficial del Estado, pero toleraba la práctica privada del resto de credos (artículo 11 de la Constitución).  Debido a esta tolerancia, perdió el apoyo de los conservadores intransigentes, miopes en su cerrazón de identificar la unidad religiosa con la grandeza de España.  Políticamente intentarán atraerse a las "honestas clases carlistas" y a sus aliados en la Iglesia para desterrar cualquier brizna liberal, aunque ésta viniera del conservadurismo canovista.
El carlismo era vencido militarmente una vez más en la tercera guerra carlista (1872-1876) por un ejército disciplinario y cuatro veces superior en número.  Carlos VII, como llamaban al pretendiente carlista sus partidarios, tenía su representante en Madrid en la persona de Cándido Nocedal, a quien el llamado Carlos VII le privó de la dirección del movimiento carlista.  Nocedal fundó entonces el partido de los "integristas" y su periódico "El Siglo Futuro" se convirtió en el órgano más conocido de la extrema derecha.  Sobrados de un evidente exceso de celo, acusaron al moderado Carlos VII de peligroso desviacionista liberal y se ensañaron violentamente contra todos aquellos católicos que colaboraban con el régimen vigente.  El integrismo era un credo imposible al prescindir de la tercera persona de la trinidad carlista: "Dios, Patria y Rey"; con ello se apartó de las raíces emocionales del partido: la fidelidad al verdadero monarca.  Se vio empujado al curioso y posiblemente herético paso de proclamar el reinado de Cristo (en el que los reyes no eran, al cabo, sino "vicarios temporales" que debían supeditarse a la "íntegra verdad católica").
Los carlistas ortodoxos, dirigidos por el marqués de Cerralbo y, sobre todo, por Vázquez Mella, se mostraban cada vez más ineficaces como partido político pese a los intentos del joven orador gallego Vázquez de Mella para revisarlo y dotarlo de un marco institucional y social en el que cupieran los viejos sentimientos carlistas.  El carlismo militante se limitaría a sobrevivir, y sólo en contadas ocasiones se recrudeció la tradición violenta.
Los ataques más acerbos y los argumentos teológicos más rebuscados de los integristas iban dirigidos contra los católicos conservadores dinásticos.  Éste era el caso de la Unión Católica, fundada en 1881 por Alejandro Pidal y Mon, semicarlista, escolástico, para quien el pensamiento moderno era un "error total", frente a la "única verdad del tomismo"; como además tenían un control católico sobre la educación, colaborarían con el régimen constitucional de 1876 sobre la base de un tradicionalismo constructivo.  Cánovas transigió con éstos, pese a no comulgar con el medievalismo de Pidal ni con la rancia episcopalización ni con los miembros reaccionarios de esta aristocracia católica.  Era el tributo de Cánovas en su deseo de crear un partido conservador.
Más comprensivo, más modernizador, más intelectual que Pidal y sus acólitos era Marcelino Menéndez y Pelayo, erudito católico más abierto que sus aliados políticos, el cual dejaba entrever el racismo biológico de su pensamiento: "España, evangelizadora del Nuevo Mundo; España, martillo del hereje, luz de Trento, espada del Pontífice, cuna de San Ignacio. Tal es nuestra grandeza y nuestra gloria.  No tenemos otra".  Este nacionalismo violento e intelectual había de convertir a Menéndez y Pelayo en el santo laico de la Falange años después.

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