30 jun. 2012

EL CACIQUISMO (y III)

No es cierto que el caciquismo fuera una relación necesaria entre un electorado indiferente y los políticos; un órgano indispensable en la vida nacional o el único vínculo entre el campo y la ciudad, entre el pueblo y el Estado.  En realidad, la política pasaba sin detenerse por las villas y aldeas españolas, y sólo lo hacía en época de elecciones.  El caciquismo retrasó una organización de partidos moderna, fuera de las grandes ciudades, al negar todo proceso gradual de educación política.
Los gobernadores, alcaldes, concejales y secretarios subordinaban los gobiernos y la administración provincial y local a los intereses electorales de los partidos.  El engranaje de este sistema político es sumamente interesante, porque pone de relieve el grado de perversión y mentira a que había llegado España.  
Las influencias entre el rey, los caciques supremos, los caciques provinciales y demás llevaban aparejadas las prácticas ilícitas de la caridad y el favoritismo, del pucherazo, de la resurrección de los muertos en las listas de votantes, el soborno, la intimidación y todas las prácticas fraudulentas imaginables.
Cuando los socialistas llevan a cabo una campaña en favor de un gobierno municipal honesto, Largo Caballero dirá en "Mis Recuerdos" que sus concienzudas investigaciones concejales del Ayuntamiento de Madrid sobre los contratos ilícitos, el agio y las cuentas falsas le exigieron más dedicación que sus tareas como ministro de Trabajo durante la Segunda República.
El atraso económico y cultural debe ser tenido muy en cuenta a la hora de explicarse estos abusos inveterados, las deficiencias de la estructura política y los vicios de la manipulación electoral.  

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