27 jul. 2012

LA PROTESTA REPUBLICANA (IV)

Todo este lenguaje de Lerroux retumbaba en las calles barcelonesas y sin este "mesías" no se comprendería del todo la actuación de los moradores de los barrios bajos en la Semana Trágica.  Ahora bien, el lerrouxismo no propugna la acción violenta, sino que se queda en simple exceso verbal.  Lerroux fracasará en su intento revolucionario, pero crea un ambiente de revolución basado en la forma primitiva e interesada de la lucha de clases.  El lerrouxismo supone el disfrute de las realidades concretas.
En cuanto los republicanos radicales se hicieron con la mayoría en el Ayuntamiento barcelonés, se metieron en escándalos financieros, lo cual les desprestigiaría.  Frente a los republicanos cabe destacar la honestidad de los socialistas (Galdós), que protestaron contra la corrupción municipal.  Cuando estuvieron al frente de los municipios, se comportaron con la mayor seriedad, ética y eficacia.   Si en su confrontación con los socialistas el lerrouxismo sale perjudicado, otro tanto le ocurre en sus contiendas con los anarquistas, ya que ambos luchan por hacerse con la voluntad del mismo público.  Los jefes anarquistas, en su calidad de partido obrero auténticamente revolucionario, presentaron, con razón, a Lerroux como demagogo, quien a la hora del compromiso abandonó a sus seguidores.  Podemos resumir estas diversas valencias con una frase de Pío Baroja.  Cuando Lerroux le invitó a ingresar en su partido, diciéndole que la democracia era muy agradecida, don Pío, además de no aceptar, escribió:

"Nunca he creído que el partido republicano fuese a hacer la revolución.  Nunca lo he considerado como un organismo de progreso y cultura, ni he podido convencerme de que sus hombres tengan alguna superioridad ética sobre los caciques monárquicos que van devorando a España."

Señalemos las cuatro características que distinguen al movimiento español, ibérico y carpetovetónico que Lerroux capitanea: la anarquía incoherente de sus ideas y propósitos; la violencia del lenguaje y la acción; la aspiración a una revolución permanente y el afán de una revolución sin límites.
Parte del republcianismo histórico desechaba esta retórica revolucionaria y seguirá a Azcárate y a Melquíades Álvarez cuando creen en 1912 el Partido Republicano Reformista.  Este partido no será numeroso, pero su fuerza radicaba en la calidad de los jefes y en a atracción que supuso para muchos intelectuales, como Ortega y Gasset, Azaña y otros universitarios salidos de las tradiciones krausistas, convencidos de que la ética y la política convergían en el derecho.
En su ideal y visión reformista querían un gobierno parlamentario democrático a la inglesa, con monarquía o sin ella; aspiraban a una España modernizada, tolerante, con una legislación social y una instrucción pública puesta al día.  Gozaban de la confianza de los líderes socialista y conocían profundamente los problemas de la clase trabajadora.  Los reformistas eran hombres prácticos y aspiraban a ser un partido de gobierno.
Cuando el gobierno dé la espalda a las Cortes, los reformistas ingresarán en la coalición revolucionaria de 1917.  En los años 20, para hacer frente a la reacción conservadora, formarán alianza con Santiago Alba y los liberales dinásticos, sumándose a la crítica del desastre de Annual y luchando siempre porque las Cortes fueran un instrumento de reforma y regeneración a lo Joaquín Costa.
En el gabinete anterior a la Dictadura de Primo de Rivera, Melquíades Álvarez era presidente del Congreso y otro republicano reformista era ministro de Hacienda.  A lo largo de su historia, el republicanismo constituyó una amenaza para la monarquía, pero no por su fuerza como partido organizado, ni por el peligro a él inherente como amenaza revolucionaria, sino por sus constantes acometidas cada vez que el régimen tenía un fracaso o sufría alguna derrota, desde los desastres militares en Marruecos hasta las inmoralidades administrativas de un alcalde de pueblo andaluz.  Su razón de ser política estribaba en la protesta contra las "barbaridades del sistema".  En las ciudades sobre todo, según probarían las elecciones municipales de 1931, la propaganda sostenida del republicanismo erosionó los fundamentos morales de la monarquía.

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