27 jul. 2012

LA PROTESTA REPUBLICANA (I)

Los monárquicos, que identificaban la causa de la monarquía con la paz religiosa, con el prestigio del país y con el mantenimiento de una situación económica y social de privilegio de las clases elevadas, ven en lo "republicano" el desorden y la orfandad de la nación.  El republicano suele ser agnóstico, fervoroso a veces, con frecuencia heterodoxo, más frecuentemente anticlerical y siempre deseoso de marcar una divisoria clara entre las cosas que competen al Estado y las que competen a la Iglesia, si bien con el acento puesto en los derechos de aquél.  Por todo ello, para el español de estos años, ser republicano no es, en ningún caso, un nuevo problema de forma de gobierno; es algo que comporta (lo mismo le pasa al monárquico) toda una mentalidad y toda una actitud ante la vida.  El republicano español sentirá que su republicanismo exige no un mero cambio institucional o una reforma de estructuras, sino, ante todo, una serie de iniciativas que pongan bien en claro lo que piensa del problema religioso, ya que la religiosidad impregna las zonas del pensamiento y de la acción.
En otro aspecto, los republicanos están convencidos de que nada bueno se puede esperar de la monarquía constitucional de la Restauración, fundada por la fuerza con la rebelión militar de Martínez Campos en Sagunto.  Para el republicano, la monarquía parlamentaria es un mal en sí mismo y sólo puede acarrear vergüenza sobre la nación, como se comprobó en 1898.  Teniendo en cuenta que el carlismo es impensable y socialistas y anarquistas aún son débiles, el único régimen viable es la República.
Pero si los partidos conservador y liberal están internamente escindidos y la divergencia doctrinal y el "fulanismo" son las leyes que rigen su vida, cosa similar ocurre con las rencillas inherentes a la política partidista republicana.  Sólo con una finalidad táctica se unen las diversas tendencias republicanas, para luego, una vez obtenida una victoria electoral, volverse a desmoronar.  Por supuesto que los republicanos comprometidos luchan por un cambio político, pero para ello se han de coaligar con otros grupos (Solidaridad Catalana, en 1906; Conjunción Republicano-socialista, en 1909).  Pero estas coaliciones traen unos cambios de filiación, y a la postre refuerzan la tendencia a la división.  A los republicanos de izquierda pura, ligarse con la Lliga conservadora catalana, por ejemplo, les parece avanzar por los caminos de la reacción; a los republicanos de izquierda cauta, ligarse con los socialistas y caminar por la revolución social les parece muy imprudente y oportunista.  Las divisiones republicanas revelan, como vemos, que su ecuación para hacerse con el poder está enferma de nacimiento, pero su predisposición para el consorcio táctico seguirá muy viva.
La primera República había sido derrotada y los republicanos, que no comulgan con el nuevo régimen monárquico parlamentario, vivirán desunidos.  Cuando José Nakens y Dionisio Pérez animan a Sol y Ortega para que se haga con la jefatura, contestará: "El partido republicano se almorzó a Ruiz Zorrilla, se comió a Figueras y a Pi, se merendó a Salmerón y se ha cenado a Castelar.  Conmigo no tiene para tentenpié".
En 1890 los tres núcleos republicanos: el Partido Republicano Centralista, dirigido por Salmerón; el Partido Republicano Progresista, que sigue el manifiesto de Bruselas, obra de Ruiz Zorrilla, el jefe desterrado, y el Partido Republicano Federal, de Pi y Margall, dan síntomas de una mayor actividad.
Los tres partidos celebran el 23 de enero de 1893 un acto con el que nace la Unión Republicana, cuyo fin -y así reza su base primera- es acelerar el advenimiento de la República.  Firman el pacto las primeras figuras de los tres grupos: Salmerón Azcárate, Fernando González y Labra, del partido centralista; Pi y Margall, Vallés y Ribot y Ambrosio Moya, del partido federal; Ruiz Zorrilla, Sol y Ortega, Esquerdo y Muro, del progresista.
Esta tenue coalición de partidos se había deshecho ya en 1895, año en que Ruiz Zorrilla regresaba para morir "en una España regida por un rey".  Ruiz Zorrilla, con un incorruptible empeño revolucionario, no había podido lograr conversiones numerosas para dar vida a un partido de masas.  No era un demagogo, y a los trabajadores y campesinos sólo les ofrecía la revolución del crédito barato y la legislación "de los países capitalistas avanzados".

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