29 jul. 2012

LA DICTADURA Y EL PROGRAMA SOCIAL

El programa social de la Dictadura había anunciado la supresión de la lucha de clases, la eliminación del fantasma revolucionario y su simpatía por el trabajo honesto.  Se establecieron los comités paritarios obligatorios; se entró en contacto con los reformistas Largo Caballero e Indalecio Prieto y se reglamentó el trabajo nocturno de las mujeres.  Pero los obreros no dejaron de comprobar que los salarios no seguían la curva de la prosperidad patronal ostentosa, y que la huelga había sigo prohibida.  Algo más grave fue el descuido en que se tuvo el problema agrario.  Se colocaron cuatro mil colonos en 20.000 hectáreas, con dos millones de crédito, según las cifras más favorables (diez veces menos, según otras fuentes).  De todas formas, no eran cifras a la altura de la reforma agraria que había que intentar.  En 1930 se verá cómo el conflicto social había conservado su carácter agudo.
Ahora bien, si Primo de Rivera persistía en una benevolente actitud hacia el socialismo, se propuso desterrar o aprisionar a todos los cuadros anarquistas.
Para deshacer a la C.N.T. se valió del estado de sitio, de la abolición del jurado, de la censura de prensa, de una especie de policía armada (el Somatén) y de un experto en el Ministerio de Gobernación, llamado Martínez Anido.  Mientras Pestaña y Peiró discutían si aceptaban o no el arbitraje laboral del gobierno, el purismo revolucionario revivía las quintaesencias bakuninistas al fundar en 1927 la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica).  De todas formas, los militantes de la C.N.T. dejaron prácticamente de existir durante los siete años de la Dictadura.
Desde este mismo punto de vista de la política social es preciso destacar la colaboración y el diálogo que prestaron al gobierno del dictador la U.G.T. y el P.S.O.E., cuyo líder, Francisco Largo Caballero, recibirá el nombramiento de consejero de Estado.  Los sindicatos católicos se quejarán del mimo con que el régimen trata al socialismo y dirán que la Dictadura favorecía a los sin Dios: "gobiernan las ideas católicas, pero no los trabajadores católicos".
Bajo esta protección dictatorial, un importante sector del Movimiento Obrero aumentó enormemente sus efectivos y parecía que el socialismo obrero se iba a convertir en el gran representante del proletariado de cara al futuro.  Además, al configurarse los comités paritarios, la U.G.T. tomó posesión de la inmensa mayoría de las delegaciones obreras en los comités, y desde ellos ensanchó las bases de su poder.  Otras ventajas estaban sacando los socialistas: casas baratas, servicios médicos, influencia en los arbitrajes laborales, organizaciones propias, con gestiones honestas, perseverantes y útiles; tenían mecanógrafa, secretarias, seguros de enterramiento, la cooperativa de Madrid, etc...  Los prohombres de la Dictadura visitaban las Casas del Pueblo y las cooperativas socialistas y reconocían en público la honrada gestión de estos reformadores socialistas.  El propio Primo de Rivera celebró una entrevista con el líder del sindicalismo socialista asturiano, Manuel Llaneza, de la que surgiría un conato de socialización industrial en la mina de San Vicente, administrada por el Sindicato Minero Asturiano, del que eran cabezas Amador Fernández y Belarmino Tomás.
Toda esta situación, ¿no definía a los socialistas como "lacayos", "oportunistas" y colaboracionistas?  Es cierto que el partido, después de la escisión comunista de 1922 había caído en manos moderadas, que aceptaban el paternalismo del régimen.  Maurín dirá refiriendose a la actitud de los jefes socialistas en 1923 que "la historia de la social-democracia en España es una historia de traición sistemática".  Republicanos intelectuales presagiaban horribles derrotas a los socialistas si permanecían al margen de la lucha contra la dictadura.  Largo Caballero no podrá aguantar estas circunstancias y se negará a participar en los últimos proyectos dictatoriales, alegando que su comportamiento era pura táctica, ya que la U.G.T. tenía que continuar siendo una fuerza eficaz en la lucha contra el capitalismo.  Largo Caballero estaba convencido y hacía callar a sus detractores diciendo que el partido rechazaría dictaduras y monarquías, preparándose exclusivamente para su "misión histórica".  De todas formas, el "pabloiglesismo", más deformista que revolucionario, estaba dejando huella.

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