29 jul. 2012

LA DICTADURA Y EL FRACASO POLÍTICO (I)

Se ha dicho que si una dictadura pudiera irse, nunca sería tan grave; pero no puede marcharse ni en el triunfo ni en el fracaso.  En el fracaso, porque necesita triunfar; en el triunfo, porque el abandono carece de justificación.  ¿Cuál es el momento prudente para retirarse de un dictador? ¿Cuándo la naturaleza de un régimen dictatorial puede considerar que ha conseguido la normalidad? ¿No sienten los dictadores un desprecio olímpico por la noción del tiempo?
Desde el punto de vista constitucional, la Dictadura pasa por dos etapas bien diferenciadas, impulsada por una única tendencia progresivamente afirmada,.  Primera etapa: la Dictadura, régimen transitorio, lleva a cabo con decisión y éxito su primer contacto con los problemas que determinaron su aparición; se restablece la paz social, se asegura el orden público, se pone en funcionamiento un ágil e improvisado sistema de administración central, provincial y municipal.  Es la época del Directorio Militar, integrado por nueve generales y un contraalmirante y presidido por el propio dictador.  Lo que se había propuesto Primo de Rivera era atar las manos las antiguas castas políticas, cortar los vicios de la Constitución canovista del siglo pasado y abordar el problema de la decadencia de España saneando una administración relajada y con exceso de personal; ahora se gobernaría por decretos, y los generales de brigada se harían cargo de las provincias, mientras los capitanes eran nombrados delegados cerca de los ayuntamientos.
Pero esta militarización del aparato político no estaba dando buenos resultados a finales de 1924: el problema marroquí seguía en pie; la prensa, descontenta; los antiguos políticos no eran sustituidos por otros nuevos y mejores; hasta la propia administración militar era inaceptable para el ejército.  Primo de Rivera se dispuso a dar los primeros pasos de la demilitarización.  Sus ilusiones estaban puestas en la Unión Patriótica (U.P.), aunque sus propios colaboradores la miraban con recelo.  Nacida en abril de 1924 como "reunión de hombres de todas las ideas", trataría de reafirmarse "cuando la ocasión de formarse de nuevo los partidos sea llegada".  La U.P. se convertirá en una especie de partido único, fundamento del régimen. La U.P. estaba concebida como núcleo aglutinante apolítico de patriotas, abiertos a todos; pretendía constituir un sistema de conducta organizada, una forma de regeneración moral, una asociación de ciudadanos de verdad.  Era un partido en el sentido antiguo, es decir, un grupo de hombres que compartían convicciones (especialmente una: que la dictadura les convenía).  A sus miembros más sinceros ex carlistas y mauristas se les antojaba una liga anti-caciques.  Sus miembros se opusieron tenazmente a la democratización del régimen.  Estaba muy claro que el único grupo de hombre lo bastante capacitado como para dirigir la nueva España era la vieja casta política.
Segunda etapa: la gran victoria sobre Marruecos dio al dictador la oportunidad y el prestigio para institucionarlizar su poder y cambiar el Directorio Militar por un Directorio Civil.
La Unión Patriótica no podía facilitar un gobierno a la altura de 19251926.  Primo de Rivera seleccionó a una serie de hombres jóvenes, no comprometidos políticamente, para sustituir (diciembre de 1925) al Directorio Militar. Estos hombres eran el duque de Tetuán, que pasó a ocupar el Ministerio de la Guerra; Cornejo, el de Marina; Ponte, el de Gracia y Justicia; Callejo, el de Instrucción Pública; Martínez Anido, el de la Gobernación; Calvo Sotelo (nacido en 1893), el de Hacienda; José de Yanguas, el de Estado, y Guadalhorce, el de Fomento.
El régimen dictatorial seguía mostrándose incapaz de llevar a cabo una obra de reconstrucción política capaz de sobrevivir a la transitoriedad que implica toda dictadura. La clave esencial del fracaso de Primo de Rivera fue esta incapacidad de llevar a cabo una obra de reconstrucción política planteada ya desde 1917.

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