30 jul. 2012

LA DICTADURA Y EL FRACASO POLÍTICO (V)

La peseta bajaba. Ya nos hemos referido anteriormente a la depresión mundial de 1929, que tenía un reflejo alarmante en el desplome de la peseta.  A esto había que sumar el crónico déficit comercial de España, fuga de capitales, malas cosechas, inflación interna originada por las obras públicas, etcétera.
Mientras los hombres de negocios medraban y los trabajadores tenían trabajo, todo lo bueno era atribuido al general Primo de Rivera y a la supresión del Parlamento.  En el mismo instante en que el comercio empezó con el muro infranqueable de la crisis mundial y los trabajadores se vieron enfrentados con una producción que disminuía, todos los infortunios se achacaron al "dictador egoísta" y surgió un grito casi unánime pidiendo la convocatoria del Parlamento.
Y el propio Primo de Rivera escribía un mes antes de dimitir:

"¿Por qué hemos intervenido en el cambio internacional?  No me va a acreditar de diplomático ni de sofístico la respuesta.  Hemos intervenido por error, porque hemos padecido una equivocación.  Cuando hace aproximadamente un año (en diciembre de 1929 la libra se cotizó a 36,40 pesetas) vimos subir la peseta a poco más de 27 la libra, se nos llenó el ojo y alegró el ánimo, y la vanidad nacional nos hizo soñar unas horas en alcanzar la paridad.  ¡La peseta oro! ¡Viva España!  Ello era más un éxito moral que económico... El acierto entonces hubiera estado en comprar muchas libras y dólares, al tipo de 27, 28, 29 y hasta 30 la libra, forzando nosotros mismos el alza de esta moneda, y al llegar a este punto tomar medidas para estabilizar la nuestra: es decir, estabilizar en el momento de abandonar nuestra protección en el mercado a la libra, para que, falto de ella, tendiese no a subir sino a bajar, y además que nos cogiera con libras en superreserva para mejor mantener la estabilización.  Claro es que estas cosas se ven después de haber ocurrido.  Pero, desgraciadamente, la libra empezó a subir por sí misma y muy rápidamente, y entonces se nos ocurrió contener su alza, en defensa del valor de nuestra moneda, comprando pesetas al precio que salían, es decir, vendiendo o comprometiendo libras, y ya metidos en ese camino, como pasa al jugador que pierde y va al desquite, es difícil detenerse."

Primo de Rivera hablaba por boca de Cambó (quien censuraba al Gobierno por sus intentos de ocultar los efectos de una inflación que había provocado él mismo y porque llevaba a cabo una política monetaria en contradicción con su política económica inflacionista) y por la de Flores de Lemus (el más respetado economista español, quien acababa de presentar un informe sobre el patrón oro).  El ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, esperaba contener ulteriores descensos en la cotización mediante compras estatales de pesetas en el mercado de Londres y se afanaba en el mantenimiento de la peseta (decía) como "índice de la capacidad moral de la raza española".. Replicaba que la economía era sana y que la caída de la peseta había sido maquinada por especuladores, derrotistas y obstruccionistas.

Primo de Rivera, enfermo, veía que se acercaba el fin.  La oposición -desde republicanos a conservadores y desde estudiantes a militares, pasando por obreros, eclesiásticos, banqueros, industriales...- seguía diciendo que la Dictadura era un régimen sin ideas y sin futuro.  El político catalanista y conservador Cambó, muy versado en el tema de las dictaduras, dirá.

"La Dictadura estimula el egoísmo... Bajo todas las dictaduras las virtudes cívicas se anulan y acaban por desaparecer.  El Estado se convierte en un gran sindicato de egoísmo que la Dictadura procura fomentar y proteger."

Los "primorriveristas" decían que las buenas intenciones del dictador eran derrotadas por una coalición de derechistas egoístas, por especuladores y por la "internacional del oro".
Primo de Rivera aún daba notas como ésta:

"Cuando al final de la jornada de ayer, tras diez horas de incesante trabajo, ajeno por completo a chismorreos y menudencias, he recibido a los informadores de la Prensa, me ha sido dado a conocer la intensidad con que ser han cotizado en los mentideros.  Es enojoso salir al paso de tanta miseria; pero no hay otro remedio...  Como la Dictadura adivinó por la proclamación de los militares, a mi parecer interpretando sanos anhelos del pueblo, que no tardó en demostrarle su entusiasta adhesión, con la que más acrecida aún cree seguir contando hoy, ya que esto último no es fácil de comprobar con rapidez y exactitud numérica y lo otro sí, a la primera se somete y autoriza e invita a los diez Capitanes Generales, jefe superior de las Fuerzas de Marruecos, tres Capitanes Generales de los Departamentos marítimos y Directores de la Guardia Civil, Carabineros e Inválidos, a que tras una breve, discreta y reservada exploración, que no debe descender de los primeros jefes de unidades y servicios, le comuniquen por escrito, y si así lo prefieren se reúnan en Madrid, bajo la presidencia del más caracterizado para tomar acuerdo, y se le manifieste si sigue mereciendo la confianza y el buen concepto del Ejército y la Marina.  Se le falta, a los cinco minutos de saberlo, los poderes del jefe de la Dictadura y del Gobierno serán devueltos a S.M. el Rey, ya quede éste los recibió, haciéndose intérprete de la voluntad de aquéllos."

El rey lo mandó llamar a su presencia para recriminarle su decisión, al tiempo que comprendía y deseaba su partida.
Primo de Rivera se retiró el 30 de enero de 1930, para morir poco después en París (el 17 de marzo).
El rey encargaba al general Dámaso Berenguer la formación de un nuevo gobierno.

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