30 jul. 2012

LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA (1930-1931) (I)

Los 14 meses que van desde la caída de Primo de Rivera (30 de enero de 1930) hasta la caída de Alfonso XIII (14 de abril de 1931) fueron un plazo inclinado hacia la República.  El rey solucionará así la sustitución del dictador: el general Berenguer, que no simpatizaba mucho con Primo de Rivera y que era un militar íntegro, se encargará de volver las cosas a la normalidad, o lo que es lo mismo, se encargará de salvar la monarquía.
Miguel Maura, al analizar este episodio capital, culpa a Alfonso XIII de haber dado al traste con su propio prestigio, con su popularidad y, a la postre, con su trono.  ¿Por qué, pues, el gobierno de Berenguer?  Palabras del propio Maura:

"Porque el rey era el máximo responsable de la violación constitucional y del advenimiento de la Dictadura; porque la había alentado y sostenido con calor y entusiasmo durante los seis años de su duración; porque nada quedaba ya en pie de la Constitución de 1876; porque nadie, ni los más conspicuos miembros de los partidos tradicionales de la Monarquía, creía posible su resurrección, aventados sus organismos tras los seis años de marasmo ciudadano impuesto por la Dictadura; porque esas cuatro ficciones (rey sorprendido por la Dictadura; rey sin iniciativa y sometido al dictador; rey que había dejado la Constitución de 1876 sin vigencia por corto tiempo, y rey, liberado del dictador, que vuelve a los partidos tradicionales de la Restauración), en las que el rey apoyaba su conducta, producían la indignación popular, el soberano estaba solo, completamente solo, en enero de 1930, y no podía sino apelar a uno de los generales incondicionales suyos."

La misión de Berenguer será, pues, sin hacer peligrar al rey, restablecer la Constitución de 1876 mediante unas elecciones libres.  Había que evitar por todos los medios que unas Cortes constituyente acabaran con la monarquía, previa exigencia de responsabilidades a Alfonso XIII respecto a la Dictadura.
Pero el gobierno de Berenguer (con los ministros Argüelles, Matos, Estada, Sangro, Carvia, duque de Alba, Wais y Torno) no representaba a las fuerzas del país ni a los partidos políticos.  Eran, comos e ha dicho, unas personas excelentes sin ilusión y resignadas a compartir con el rey el desmoronamiento final de la monarquía.  Para colmo, quizá hubiera tenido éxito el convocar unas Cortes inmediatamente, pero esto se fue dejando hasta marzo de 1931; en esta fecha eran ya muchos más los políticos sin fe en una monarquía cada día menos popular.

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