29 jul. 2012

LA DICTADURA Y EL FRACASO POLÍTICO (IV)

Primo de Rivera se había reservado la decisión de ascender o no a los coroneles a generales; manejando este ascenso clave, podía castigar a los oficiales cuya fidelidad política le era dudosa.  Muchos militares creían que el poder militar en sí mismo comprometía al ejército al convertirlo en partido político.  El frente militar tuvo su expresión en el pleito del Arma de Artillería.  Sabido es que los privilegiados artilleros renunciaban a ascensos en pro de su estricto escalafón de antigüedad, renuncia que les era recompensada.  Primo de Rivera (que nunca había tenido nada que ver con este cuerpo) les cortó la recompensa en 1926, haciendo retroactiva su medida hasta 1920.  Los oficiales artilleros protestaron y se declararon en huelga.  Ante esta reacción violenta, Primo de Rivera contestó con un Real Decreto aún más tremendo:

"... todos los jefes y oficiales de la escuela activa del Arma de Artillería se considerarán provisionalmente paisanos, sin derecho a haber activo ni pasivo alguno, al uso de uniforme ni carnet militar, mientras no fueran reingresados de nuevo en el Ejército... (y jurarán... fidelidad y obediencia al Gobierno actual contra el que se había procedido sediciosamente."

El pleito alcanzó un punto catastrófico.  Alfonso XIII se mostró descontento por este golpe del dictador contra el orgulloso cuerpo, pero tuvo que firmar bajo serias amenazas; los oficiales de otros cuerpos sintieron que se tratara como delincuentes a sus hermanos; los artilleros se separaron del rey y se inclinaron por el republicanismo.
El régimen estaba perdiendo la base esencial de su poder.  Ya nos hemos referido a la "sanjuanada" contra el dictador en 1926, con la participación de los generales Aguilera, Weyler y el coronel Segundo García.  A finales de 1928 se atajó, antes de nacer, otro conato de pronunciamiento, fraguado por los cadetes de la Academia de Segovia, en connivencia con jefes y oficiales de Segovia, Valladolid, Vitoria, Logroño y Carabanchel.  En enero de 1929, el político Sánchez Guerra, de acuerdo con el general Aguilera, don Miguel Villanueva y otros, intentó un nuevo pronunciamiento en Valencia.  No tuvo éxito, porque faltó el concurso del general Castro Girona, quien, aunque no pensó sublevarse, fue procesado y condenado; este "atropello" en nada podía beneficiar a la Dictadura. Simultáneamente surgió un chispazo de rebeldía en Ciudad Real, a cargo de los artilleros del Primero Ligero, quienes terminaron rindiéndose, pese a no ser contrarrestados ni por la Unión Patriótica ni por el Somatén.
Todo esto era demasiado significativo para que el dictador no se sintiera desilusionado y considerara que la Dictadura estaba en vísperas de la agonía.

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