29 jul. 2012

LA DICTADURA Y EL FRACASO POLÍTICO (II)

A la altura de 1926, seguía dejándose pasar la oportunidad de renovar a fondo las estructuras campesinas.  En Cataluña, la vida oficial impuesta por el dictador estaba cada vez más divorciada de la realidad catalana; Primo de Rivera era incapaz de imaginar las consecuencias reales de su política, y seguía sosteniendo la concepción unitaria:

"Por fortuna, en Vasconia, como en Galicia, como en Cataluña, la fiebre engendradora de recelos y arrogancias regionalistas ha desaparecido, y tan español es hoy el glorioso árbol de Guernica como Poblet, Santiago, Guadalupe o la Giralda, y la sardana como la praviana o la jota, y la barretina como la boina o el sombrero charro."

No se daba cuenta el dictador de que podía haber definiciones tan buenas como las suyas propias acerca de lo sano y lo patriótico.  La realidad estaba diciendo que Maciá triunfaba en Cataluña, imponiéndose a Cambó. Aunque su entrada en España con unos cientos de hombres fracasó, dicha aventura tuvo gran trascendencia internacional, si bien para Primo de Rivera careció de significado.
También la oposición conservadora, con Sánchez Guerra a la cabeza, se endureció, y, como políticos insultados e injuriados por la Dictadura, acudieron a Alfonso XIII para decirle que Primo de Rivera estaba cometiendo "un acto ilegítimo y faccioso": la sentencia de muerte oficial del gobierno parlamentario y constitucional.
Políticos, intelectuales y prensa tuvieron que aguantar una censura veleidosa, la recta y absoluta ingenuidad y la "falta de sentido jurídico" del dictador.  Tendía éste hacia un tipo de justicia muy simple, y, en esta tendencia, a la que iba unido el desprecio hacia el jurista, intervenía en el curso de la justicia, no respetaba las leyes anteriores ni sus propios decretos y, puesto que podía dictar la ley que le pareciese conveniente y consideraba el imperio de la ley como un proceso de suspensión y modificación de la misma para adaptarla a los casos concretos, la ignorancia jurídica del régimen era casi su característica más palmaria.
Ante esta situación, los gritos de intelectuales, políticos, abogados y periodistas en pro de la independencia judicial y el Estado de derecho caían en el vacío.
Esta insensibilidad jurídica quedó patente cuando una extensa oposición se ordenó en el complot de la "sanjuanada". Terminado este movimiento en fracaso, a Primo de Rivera, sin ajustarse a la letra de las leyes, se le antojó multar a las personalidades patrocinadoras .  Al conde de Romanones le impuso 500.000 pesetas (de 1926); 200.000 al general Aguilera; 100.000 al general Weyler; 100.000 a Gregorio de Marañón, y otras cantidades menores a otros miembros.
Cada vez eran más los exiliados en París.  Había aquí desde miembros de la C.N.T. a Juan March, desde el general Millán Astray hasta Blasco Ibáñez, pasando por Sánchez Guerra, Maciá y Unamuno.
El fracaso político se hacía más evidente.  La imitación del fascismo había sido superficial: no había partido de masas ni tenía una mística de la juventud.  La Unión Patriótica y los somatenes se limitaron simplemente a sustituir a los antiguos caciques.

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