31 jul. 2012

LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA (1930-1931) (V)

Comenzó el año 1931, y el pesimismo cundía en el campo monárquico; muchos funcionarios del gobierno se pasaban a las filas republicanas, y el propio general Berenguer confesaba públicamente que para él "ser republicano es una equivocación, pero no creo que sea pecado".
En el segundo mes de 1931 salió a la vida pública la "Agrupación al Servicio de la República", grupo político creado por Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Marañón y otros intelectuales.  Esto significaba un renacimiento intelectual de gran valor y optimismo salía ala vida nacional, como dejan ver claramente estos párrafos de su manifiesto inicial:

"Cuando la historia de un pueblo fluye dentro de su normalidad cotidiana, parece lícito que cada cual viva atento sólo a su oficio y entregado a su vocación. Pero cuando llegan tiempos de crisis profunda en que, rota o caduca toda normalidad, van a decidirse los nuevos destinos nacionales, es obligatorio para todos salir de su profesión y ponerse sin reservas al servicio de la necesidad pública.  Llamaremos a todo el profesorado y magisterio, a los escritores y artistas, a los médicos, a los ingenieros, arquitectos y técnicos de toda clase, a los abogados, notarios y demás hombres de ley. Muy especialmente necesitaremos la colaboración de la juventud.  La República será el símbolo de que los españoles se han resuelto por fin a tomar briosamente en sus manos propias su propio e intransferible destino."

Los intelectuales que no habían sido tomados nunca en serio por la monarquía se desquitaban ahora; su eficacia política no sería excesiva, pero tuvieron una excelente acogida entre la juventud intelectual y entre numerosos miembros de los partidos políticos.  Mientras tanto, y pese a que todavía el rey y la reina fueron objeto de alguna adhesión popular, las clases dirigentes de la monarquía iban siendo presas de una psicosis de suicidio, cumpliéndose, dice Maura, el proverbio clásico de Plutarco:  "Los dioses ciegan a quienes quieren perder".
Por lo demás, los republicanos tampoco tenían a estas alturas enemigos políticos, pues no podían llamar así a los centristas Cambó, Gabriel Maura, etc.
Esta parálisis que invadía al gobierno contagiaba hasta a la misma policía , como el propio Mola, que entonces era director general de Seguridad, confesó luego en sus memorias.
Muchas de las defecciones que sufrían las fuerzas monárquicas se debían al aplazamiento de una elecciones generales que tanto el rey como Berenguer deseaban ver hechas realidad para clarificar de una vez la atmósfera irrespirable del campo político.  Los que obstaculizaban estas elecciones eran Romanones y el marqués de Alhucemas (iban y venían a Hendaya y a París para obtener el acuerdo del impertérrito Santiago Alba), quienes se negaron a ir a unas elecciones bajo una semidictadura, prefiriendo más la idea de unas neutras y simples elecciones municipales, que por otra parte creían fáciles de manejar con sus resortes caciquiles a la vieja usanza.  En estas condiciones, Berenguer presentó su dimisión, cosa que el rey ya sabía, y como en él era costumbre, aceptó sin vacilar.
Comienza así el pequeño calvario de las consultas a los políticos para formar gobierno.  Desfilan por palacio el duque de Maura, Romanones, el marqués de Alhucemas. El primer consultado fue Sánchez Guerra, quien exigió del rey una confianza absoluta, ya que como él dijera, "una vez más se comprueba que la realidad tiene más fuerza que la realeza".  Sánchez Guerra, el político que había desahuciado a Alfonso XIII en una cercana conferencia y el conservador que acababa de decir que en aquellos momentos ya no era el rey quien mandaba, sino la realidad, "realizó un acto histórico".
Se presentó en la Cárcel Modelo para ofrecer y compartir el gobierno con los republicanos encarcelados: Alcalá Zamora, Largo Caballero, Fernández de los Ríos y Miguel Maura.  Los presos rechazaron sus ofertas, esto es, los que estaban en el banquillo de los acusados no estaban en el poder porque lo habían despreciado.  Este gesto, sin duda, fue otro golpe mortal para el régimen.

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