30 jul. 2012

LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA (1930-1931) (II)

Los políticos analizan posibilidades y toman posiciones.  De los partidos liberal y conservador que habían jugado su triste papel en las postrimerías del régimen parlamentario (1917-1923) no quedaba sino el recuerdo.  Los seis años de Dictadura y de ostracismo pesaban como una losa.  Entre las fuerzas monárquicas campaba un gran desconcierto, ya que nadie sabía adónde se iba y nadie creía en la "vuelta a la normalidad constitucional".  en muchos, el monarquismo se había enfriado y analizaban su conducta a seguir, pero conscientes de que el régimen monárquico se desvanecía o se había suicidado ya.  Para otros políticos de derechas, el ideal era seguir con una dictadura que garantizara sus privilegios.
Cambó, la gran reserva de la derecha, se veía desplazado del primer plano de la escena política, tanto por su hundimiento físico como porque la Lliga había perdido enteros en Cataluña a costa de otros partidos y de otros catalanistas más de izquierda.
Santiago Alba, ofendido por Primo de Rivera, prefería mantenerse al margen de la nueva situación; el rey se esforzó en tender la mano al antiguo jefe de la izquierda liberal.  El ministro de Estado, Cambó, y otros fueron a convencerle a Paría. Alba exigió que el rey debía mostrar públicamente sentimientos distintos a los conocidos durante la Dictadura; quería una consulta sincera y escrupulosa al sufragio universal popular; revisión constitucional; monarquía sustantivamente democrática, parlamentaria y a salvo de intrusiones personales; garantías públicas...; un gobierno de concentración de izquierdas, tan amplio como fuera posible y constituido, en parte, por ministros republicanos y socialistas.  El rey parecía no oponerse a estas exigencias, pero Santiago Alba seguía sin venir a España.  Desde París era difícil tejer los esfuerzos.  Alba, se ha dicho, dejó escapar la ocasión decisiva tanto para su historia política como para el régimen y para España.
Romanones hacía lo posible por obstaculizarel programa político de Berenguer, oponiéndole la necesidad de llevar a cabo, previamente a las elecciones a Cortes, unas elecciones municipales.
Otros políticos dinásticos, por no seguir con nombres, exponenciaban una división, unas intrigas políticas, una desacreditación progresiva, que barrenaban el programa de Berenguer de acudir directamente a unas elecciones a Cortes.  Imposibilitado de esta forma Berenguer por estos jefes y jefecillos políticos monárquicos, no tenía sentido que siguiera gobernando.  Pero como Alba no recogía el guante, todo ello iba en beneficio del empuje que estaban demostrando republicanos y socialistas.
Sánchez Guerra era un conservador conjurado contra Primo de Rivera y juzgado por él mismo.  De esta prueba había salido como héroe popular.  Este jefe de los conservadores, en una resonante conferencia pronunciada en el Teatro de la Zarzuela, se declaró todavía monárquico, pero antialfonsino.  Recordemos que de los cuatro hijos de Alfonso XIII, dos: Alfonso y Gonzalo, eran víctimas de la hemofilia; otro, Jaime, era sordomudo; y el único sano, Juan, sólo contaba dieciséis años).  Sánchez Guerra dijo también que no era republicano, pero reconocía que España tenía derecho a ser una república.  El político siguió atacando a la monarquía, parodiando versos clásicos:

Que el matador fue Bellido
y el impulso soberano.

O aquellos otros:

Ni más servir a señores
que en gusanos se convierten.

La herida causada a la persona del rey y a la monarquía era grave y representaba la desilusión de los "monárquicos sin rey", la desaparición de la confianza puesta en el monarca y la simpatía de los partidos realistas por quienes deseaban acabar con la monarquía.

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