26 jul. 2012

ÉPOCA DE DISTURBIOS Y CRISIS DE POSGUERRA (II)

Para comenzar, Maura era el primero que no tenía fe en su propio gobierno; seguía herido y no tenía inconveniente en decir: "Vamos a ver cuánto dura esta monserga".  Procuró evitar choques, pero también transacciones positivas, incluso con el "ídóneo" y también conservador Dato; Alba no conseguía hacerse con la jefatura de la nueva izquierda liberal.  Sólo Cambó desde el Ministerio de Fomento imprimía dinamismo a su deseo de vitalizar España: "la España grande", "tengo una fe ciega en España"... El capitalista Cambó sistematizaba, racionalizaba: crédito agrícola, repoblación forestal, riegos, obras públicas, minas, nacionalización de ferrocarriles, alto nivel de empleo... Empeñado y enérgico, los funcionarios de Fomento estuvieron trabajando durante todo el verano de 1918, y una línea férrea, cuya construcción se había calculado para seis años, se puso en funcionamiento en uno.  Muchos de los planes de Cambó los llevará a cabo el gobierno de Primo de Rivera.
Al modesto programa de este gobierno se le unieron las tensiones e incompatibilidades de los propios ministros.  La situación recibió el primer golpe de Santiago de Alba, que jugó el mismo papel contra Maura y Cambó que el que hacía unos meses había representado Melquíades Álvarez para con García Prieto.  Pero no se le puede juzgar como a un Judas político, pues la fe de alba en la reforma procedente de la izquierda era tan sincera y lícita como la de Cambó en la reforma por parte de la derecha:  

"Soy partidario de un gobierno resueltamente orientado hacia la izquierda, al cual cooperen todas, absolutamente todas las representaciones de izquierda, partidario, en fin, de una república coronada".

El centralista Alba consideraba que el programa de la "España Grande" de Cambó encubría un separatismo. Alba, empeñado en llevar adelante su programa de reformas económicas en el magisterio, chocó con Cambó y dimitió el 2 de octubre de 1918.  Quedaba claro que el Gobierno Nacional era un gobierno de conservadores, y esto no satisfacía a la izquierda. Pero incluso entre los conservadores no tardó en saltar la escisión mortal entre Dato y Maura.  Terminaron dimitiendo, el primero un mes antes que el segundo (6 de noviembre).
Hasta 1923 seguirá la misma tónica.  Gobiernos nacionales, gobiernos homogéneos o gobiernos de concentración demostraron su inestabilidad.  El partido conservador, con sus figuras Maura, Dato, La Cierva y Sánchez de Toca se mostraba exhausto y sin capacidad como instrumento del gobierno.  Los liberales, con sus divisiones entre Romanones, García Prieto, Alba y otros, mal avenidos con el ejército y el catalanismo, se encontraban en igual situación.  La posición de Alfonso XIII no era muy halagüeña; sea o no cierto que fomentaba estas divisiones entre los partidos, la realidad era que debía encontrarse muy desanimado con aquellos gobernantes de la monarquía.  Es fácil pensar que pasara por su mente la idea de sustituirles.  En el ambiente se estaba dibujando la silueta de un soldado que había perdido la fe en los políticos.  Parece evidente que Alfonso XIII no viera con pesar el alejamiento de "todos" los políticos en 1923.

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