25 jul. 2012

EL TURNO LIBERAL: MORET, CANALEJAS... (V). ASESINATO DE CANALEJAS (II)

"...Tanto como la idea de la muerte me horrorizaba el pensar que cubrirían el cuerpo de mi padre con tierra.  Toda la noche cavilé.  ¿Quién había matado a mi padre?  En cuanto me levantase lo preguntaría. Mi alma sintió el deseo de la venganza.  Luego quise saber dónde se encontraba mi madre, de quien había estado separado casi todo el día.  Del cuarto de al lado, filtrándose por debajo de la puerta, llegaba luz hasta mi alcoba. En la casa y en la calle reinaba ahora el silencio.  El ruido de todo el día había dejado en mi pecho un eco, un hormigueo, una trepidación que me hacía vibrar los pulmones como si alguien hablase dentro de mí.  No podía dormir.  Me levanté, de puntillas, me dirigí a la puerta y, con cuidado para no hacer ruido, la abrí.  La habitación estaba llena de cortinas funerarias.  Un ujier dormía en una silla.  Cerré la puerta y volví a la cama.  Tardé mucho tiempo, pero por fin, conseguí dormir.
Al otro día cosieron un brazalete negro alrededor de la manga derecha de mi chaqueta y me permitieron estar en el piso de abajo.  Gentes enlutadas, hombres de uniforme, pasaban ante mí haciendo gestos de piedad.  Algunos suspiraban, otros restallaban la lengua contra los dientes superiores.  Por la tarde, mis amigos volvieron.  Hacía un día nublado y tristísimo.  El balcón del curto donde yo estaba con mis hermanas daba a la plaza de Santa Ana.  Con la cara pegada a los cristales, miré revolotear los pajarillos de arriba abajo de los árboles.  Como el Dante al saber la nueva de la muerte de Beatriz, yo también pensé, presa de mi tristeza que aquellos pajarillos iban a caer muertos.  De vez en vez, grupos de personas se paraban señalando la casa con el dedo, conversaban y seguían su camino.  Mi tristeza era mayor a cada momento que pasaba.  Las escenas de mayor ternura y los jugueteos con mi padre, todo esto, al volver a mi memoria, me traía lágrimas a los ojos y metiéndome dentro del pecho amenazaba con romperlo.
De pronto oí cañonazos y música.  Un ruido sordo y potente llegaba desde lejos.  Me dijeron que el entierro de mi padre estaba teniendo lugar, que el féretro, envuelto en la bandera española, era llevado sobre la cureña de un cañón.  El mismo Rey seguía a pie, y entre vítores del pueblo, el cadáver de su ministro asesinado.  César, Viriato y Sertorio venían a mi mente.  ¡Mi padre era un héroe!  La sangre me encendía el rostro.  Su nombre -pensé- representará, como el de todos los héroes, un ideal; la historia narrará su vida, los poetas reunirán belleza en torno a su figura, y quizá los niños de generaciones por venir sientan que la sangre les enciende el rostro como a mí ahora, cuando les hablen de este héroe que fue gran amigo de los niños.  Más fuerte que el dolor, más fuerte que el deseo de venganza, fue mi orgullo de ser su hijo.  Ya no me horrorizaba la idea de que el cuerpo de mi padre le cubriera la tierra; sabía que a los héroes no hay tierra bastante para cubrirlos."

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