23 jul. 2012

EL TURNO LIBERAL: MORET, CANALEJAS... (II)

Son muy raras las personas que no reconozcan en Canalejas a un verdadero hombre de Estado, un hombre de primer orden, capaz de levantar al país, un hombre de izquierdas hecho un gobernante de autoridad.  Canalejas, a diferencia de Maura, era un político flexible, dialogante, oportuno y con autoridad para saber lo que quería y la manera de realizarlo.  Sabía explotar las posibilidades de cada momento y, como Maura, era un político caracterizado por el "juego limpio".
Todos los problemas de la España del momento se le plantearon, o se los planteó y en todos salió a relucir su excepcional visión de los asuntos públicos.
Las derechas atacaron su supuesto "anticlericalismo".  Era verdad que el anticlericalismo fue un recurso demagógico de eficacia reconocida.  El objetivo de la legislación liberal fue el de sujetar las actividades de la Iglesia al control del Estado y regular "las órdenes no reconocidas" a la Ley de Asociaciones de 1887.
Los católicos extremados pedían que el Estado se despreocupara de sus propias escuelas, pues allí estaban ellos para impartir una instrucción religiosa obligatoria.  Los liberales, por el contrario, querían control de toda la Enseñanza Media, que todos los maestros tuvieran título estatal y que los tribunales examinadores no favorecieran a las escuelas católicas.  Los liberales querían "neutralidad" y "respeto a la libertad de conciencia".  Los católicos decían que esto era proteger el "error" y dar ocasión a que se introdujera la moral laica positivista.  La iglesia defendía el latín y a Cervantes; los liberales abogaban por las lenguas modernas y la ciencia.   El problema, como de costumbre, era político: era muy distinto que la élite rectora del futuro educara en centros controlados por el Estado a que fuera educada en "seminarios de una juventud fanática".
El asunto no fue resuelto por Sagasta, Montero Ríos ni Moret.  Todo lo contrario, sirvió para dividir más a los liberales, perder fuerza popular y apartar del partido liberal a elementos "respetables": aristócratas y oficiales del ejército.
Canalejas, democratizador del partido, prometió resolver la cuestión religiosa y puso manos a la obra.  Para comenzar, anunció que el derecho de todos de practicar "en púbico" actos católicos o "no católicos" era parte de la civilización moderna.  Inmediatamente pasó a estructurar las relaciones entre Iglesia y Estado y el ajuste de una ley de Asociaciones.  Todo ello dentro de un marco constitucional y concordatorio, pese a que le llevó a suspender relaciones diplomáticas con el Vaticano en julio de 1910.  Canalejas distinguía con meridiana claridad entre la actividad religiosa y la actividad política de la Iglesia, y afrontó con decisión el papel que dentro de la última actividad correspondía al Estado.  Nos estamos refiriendo a la mal llamada Ley del Candado de 1911, que, a la postre, resultó moderada, ya que si bien detenía el crecimiento de las órdenes religiosas hasta que no se promulgara una nueva ley de Asociaciones, la ley del Candado caducaría si antes de dos años no se promulgaba dicha ley de Asociaciones.
Las derechas vieron con malos ojos su política "anticlerical" y los católicos se indignaron, amenazaron y le dirigieron una campaña de propaganda insultante.  Respecto a este problema a veces nos hacen reír cosas que se tuvieron por dignas de una perfecta seriedad.  Hoy podemos sonreír al recuerdo de la campaña contra Canalejas, considerándole como un típico sectario y anticatólico; y comprobar que, en la ruidosa polémica, sus discursos tienen una sincera emoción religiosa; y pensar que, en la inmensa protesta suscitada, y en el clamor de sus manifestaciones, tuvo un religioso respeto por todas ellas.

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