23 jul. 2012

EL TURNO CONSERVADOR: SILVELA, MAURA, VILLAVERDE (VI). LA SEMANA TRÁGICA DE BARCELONA (II)

Escribe Ossorio en otra ocasión: 

"La sedición no tuvo unidad de pensamiento, ni homogeneidad de acción, ni caudillo que la personificara, ni tributo que la enardeciese, ni grito que la concretase. En cada calle se vociferaban cosas distintas y se batallaba con diferentes miras."

El afán de destrucción era total, como dijo aquel revolucionario que contestó a la madre vicaria del convento de capuchinas del Campo de Galvany, que pedía que le dejase llevar una imagen de la Virgen: "No pot ser! Hem de destruir! Ha arribat lanostra!".
Para terminar, la  Semana Trágica se cerró con una dura represión (también errónea) ordenada por Maura y su ministro de la Gobernación, La Cierva.  La fuerte represión (se incoaron muchos cientos de procesos) desembocó en la ejecución del teórico anarquista Francisco Ferrer Guardia, revolucionario bajo Ruiz Zorrilla y Lerroux, publicista de la literatura racionalista y anarquista.  Había sido procesado anteriormente con motivo de la bomba que uno de sus discípulos, Mateo Morral, lanzó contra Alfonso XIII en Madrid el día de su boda (1906).  Era el fundador de las Escuelas Modernas "sin Dios", en Barcelona, donde enseñaba una mezcla de anticlericalismo e idealismo cándido.  En 1909, acusado de ser el promotor moral y organizador de los sucesos de Barcelona, pagó con su vida la siniestra fama de que se le había rodeado. Esta ejecución provocó una oleada de protesta, que alcanzó una resonancia internacional.  Desde Budapest hasta Lisboa, el proceso de Montjuic motivó una cadena de mítines populares.  Las muchedumbres asaltaron la embajada española en París, al tiempo que protestaron todos los elementos laicos, socialistas y libertarios de todo el mundo.  Se denunció en Maura el símbolo vivo de la "España Negra", perseguidor de la libertad y del progreso, a su vez simbolizados en la Escuela Moderna de Ferrer.  No puede negarse que la dureza con que los sucesos de Barcelona fueron abortados por el jefe conservador pecó, cuando menos, de imprudente, contribuyendo a crear el "mito Ferrer".  En ningún momento se trató de atender, antes de proceder al castigo, a las razones profundas de la crisis catalana.  Maura seguía impertérrito.  Lo que los otros llamaban conciencia de una Europa civilizada, la entendió como un nuevo brote de la leyenda negra, orquestado pro la izquierda europea.
La dura represión de Montjuic abrumó a los obreros, quienes se desengañaron de los políticos que durante estos sucesos de julio les habían abandonado.  Este desencanto fue campo abonado para la expansión del anarco-sindicalismo, caracterizado por el desdén hacia la política formal.  Por otra parte, es de tener en cuenta que la obra social llevada a cabo hasta ese momento por los gobiernos de la Restauración había sido escasa.  Los conflictos laborales fueron calificados por políticos eminentes de "cloaca".  Además, la Iglesia encumbrada durante la Restauración, se desentendió de las más urgentes reivindicaciones sociales.
Los gritos de "¡Maura, no!" sonaron cada día con más fuerza, pronunciados no sólo por demócratas y socialistas, sino también por el turnante partido liberal, que se adhirió, con Moret, al Bloque de Izquierdas.  Maura y su gobierno se vieron obstruidos totalmente en las Cortes.  La conclusión era trascendente: el gobierno de Maura cayó y la política de la Restauración quedó cancelada, roto el sistema, dinamitado el famoso turno pacífico y liquidada la convivencia de los partidos dinásticos.

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