23 jul. 2012

EL TURNO CONSERVADOR: SILVELA, MAURA, VILLAVERDE (y VIII)

Maura seguía rumiando los acontecimientos de 1909 y, en su hundimiento moral, acusaba a la monarquía de haber desertado de los defensores del orden público por los defensores de Ferrer.  La soberbia política de Maura le llevó a su autosacrificio, lo que en términos políticos quería decir: los liberales se encontrarán sin alternativa política (la entente conservadora y liberal quedaba rota), la monarquía se verá indefensa y el tronco conservador se cuarteará totalmente.
El negativismo, la hostilidad implacable y la orgullosa intransigenia de Maura eran inablandables.  El partido conservador se dividió: los mauristas puros siguieron a su jefe en su retraimiento, mientras que los demás conservadores -"datistas", "ciervistas"- buscaron un caudillo más activo en Eduardo Dato o en Juan de la Cierva.  Maura, por tanto, dejó de ser jefe de los conservadores para convertirse en jefe del "maurismo", movimiento fundado en octubre de 1913.  Englobaba a una juventud conservadora, violenta, callejera, afecta a desfiles y grandes mítines; era una juventud con "estilo", que gritaba "¡Maura, sí!" y acusaba a "datistas" y "ciervistas" de traidores y oligarcas por haber sacrificado sus principios conservadores por el poder.  A Dato le pintaron en su casa el "Maura, sí" y, aparte de traidor, le llamaban "el hombre de la vaselina".
Maura apeló a la "España esencial", verdadera y católica, y ejerció su atractivo sobre los carlistas; pero desilusionó a todos por no avenirse a ser un dictador, un "Mussolini antes de Mussolini".  Decididamente, Maura tenía fe en el parlamentarismo, pero nunca lograría ya entenderse con Dato ni con los liberales ni con el rey.  Maura, con su personalidad arrolladora, acabó con el compromiso de Cánovas que había dado tanto tiempo en llamarse "Pacto del Pardo".

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