9 jul. 2012

EL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA (IV): CATALUÑA

En Barcelona fue Andreu Fontcuberta quien impulsó un grupo que, a través de los periódicos "El Propagador de la Libertad" y "El Vapor", difundió las ideas de Saint-Simon.  A partir del inicio de la década de los 1840, en Cataluña el grupo Saintsimoniaco cede en influencia a favor del sector cabetiano, del que formaron parte Monturiol (inventor del submarino "Ictíneo") y Claré, y que después del fracaso de la expedición icariana  a Estados Unidos en 1848 -en la que participó el catalán Joan Rovira- se integró en el partido demócrata, cuyas tendencias republicanas y populistas tanto desarrolló Abdón Terradas.
Los primeros enfrentamientos entre patronos y obreros surgieron con el perfeccionamiento de la maquinaria, que permite obtener piezas de tela de mayor longitud.  Al cobrar los obreros a tanto la pieza, resultaba que se aumentaba su trabajo, pero no sus salarios.  La negativa de los patronos a mejorar los peculios originó diversas algaradas, que se tradujeron en atentados contra conventos y fábricas.  No obstante, los problemas se agravaban con la introducción de las máquinas de vapor.  Aquí, a los recelos de los obreros, que veían en ellas las causantes del desempleo y el paro, se unirían los intereses de algunos fabricantes temerosos de la competencia de estas nuevas técnicas.  Con el incendio de las fábricas Bonaplata, Vilagerut y Rull y Cía. en 1835 surgirán una serie de desórdenes de carácter marcadamente social.
Las primeras tentativas de asociación de los obreros, que desde la desaparición de los gremios debían competir individualmente con el patrono, se inician en 1835, aunque su petición es denegada (los patronos estaban asociados desde 1833 en la "Comisión de Fábricas").  Sin embargo, con el triunfo de Espartero, tras el convenio de Vergara (1840), se logra la creación del primer "sindicato" obrero español: la Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Algodón, dirigida por Joan Muns.  En 1841 se habían formado sociedades de blanqueadores, tinteros, pintadores, hiladores, zapateros, impresores, etc..., en Barcelona.  Sin embargo, estas asociaciones no tendrán todavía carácter reivindicativo, como los sindicatos posteriores, ya que su principal objetivo no sería mejorar el salario, sino impedir que éste fuera descendiendo.  La concienciación política también va apareciendo, puesto que estas primeras sociedades van descubriendo que sus peores crisis son debidas a momentos de auge del partido moderado.  Habrá sus excepciones.
Una prueba de la fe que los obreros van teniendo en las asociaciones es el romance de la Sociedad de Tejedores de Barcelona, de 1841, que aquí reproducimos:

En la culta Barcelona
los del arte de tejidos,
despóticamente oprimidos,
lloraban su situación,
pues los ricos fabricantes,
obrando tiranamente,
el jornal de la pobre gente
quitaban a discreción.

Llegó pues el feliz día
de mutua protección,
jornaleros, viva el orden,
para siempre hay unión.
Así pues el jornalero
trabajaba todo el día
sin reposo y a porfía
para lograr un buen jornal;
eran vanos sus esfuerzos,
pues lo que el pobre cobraba,
¡Infeliz!, aún no bastaba
y moría. ¡Al hospital!

Al hospital, pues trabajaba
por ganar para el sustento
con demasiado empeño,
sin poderlo aún lograr:
¡A cuántos hombres honrados
por trabajar sin medida,
con su salud muy perdida
hemos visto mendigar!

Mas por fin llegó la Aurora
para el pueblo deseada:
pues la clase abandonada
de su letargo salió;
al conectar su miseria,
al advertir su abandono,
exclamó con fuerte tono:
¡ya jamás sufriré yo!

Unámonos, proletarios.
Viva la gloria del pueblo;
no sufra, no, el jornalero,
el peso de la opresión.
Al mezquino fabricante
pongamos debido freno.
Abrid los ojos, ¡oh pueblo!
¡Abajo la ambición!

En heroica y firme divisa
del pueblo fue norte y guía,
por restaurar lo que algún día
disfrutaba la humilde grey;
formaron sociedades,
y la comisión con gran tino
presentó un plan expedito
de precios, según Ley.

El Gobierno abrió los brazos
para el pobre jornalero,
y conoció que altanero
clamaba con gran razón.
Por ley sagrada es el pueblo,
aunque pobre, nunca esclavo,
y el Gobierno así enterado
prometió la protección.

Los límites se marcaron
a las piezas, y al mismo tiempo,
se tasó regular precio
según clase y valor;
de este modo fue arreglada
la cuestión tan decidida, 
y al pueblo dio nueva vida
del Gobierno el noble amor.

Las demás artes y oficios
se unieron con gran tesón
y mutua protección,
se sumaron con placer;
y de este modo podremos,
con firmes lazos unidos,
ser déspotas temidos
y nuestra gloria defender.

Habitantes de Barcino,
decididos ciudadanos,
unámonos como hermanos.
Nuestra gloria es inmortal:
vea el déspota atrevido
su cerviz avasallada,
triunfe la gloria amada
deste pueblo liberal.

Tras la caída del regente, comienza el período de gobierno de los moderados conocido como "la década ominosa" en el que se persiguieron con saña todas las asociaciones que previamente habían sido puestas fuera de la ley.  Sin embargo, como la Historia demuestra, ninguna ley es capaz por sí misma de suprimir los conflictos por el medio de la mera prohibición  A partir de este momento, las asociaciones tendrán un carácter de resistencia y aparecerán y desaparecerán subrepticiamente.  No obstante, las dificultades, si por un lado reducen la base, por otro aumentan el sentido revolucionario de sus líderes.  Así, en una proclama de la Sociedad de Tejedores de estos momentos aparecen los primeros síntomas de desacuerdo con la teoría liberal de considerar al orden burgués como el orden natural:

"Tejedores y demás jornaleros asociados, no os dejéis sorprender.  Nuestra asociación no necesita la aprobación ni la reprobación de nadie; con los derechos que nos concede la naturaleza y la ley tenemos bastante, y los que digan lo contrario son los perturbadores.  De consiguiente, nuestra asociación es un lazo voluntario y recíproco, que no está sujeto a disolución.  Mucha firmeza y mucho silencio es lo que debemos guardar y vengan decretos."

Con la llegada al poder de los progresistas, tras la revolución de julio de 1854, las sociedades obreras renacieron, volviendo a aparecer las antiguas, y junto a ellas otras nuevas.  No obstante, la evolución del proletariado europeo vendría de nuevo a marcar su impronta.

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