9 jul. 2012

EL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA (II): ANDALUCÍA

Andalucía había sido la receptora, junto con Cataluña, de las primeras influencias del socialismo francés, ya que las nuevas ideas de Fourier y Proudhon se introdujeron por aquellos puntos en los que existía una burguesía comercial activa y, consecuentemente, un incipiente proletariado. En la España de los años 30, únicamente dos núcleos cumplían este requisito: Cádiz y Barcelona.
Las nuevas ideas se introdujeron de la mano de Joaquín Abreu (1782-1851), oficial de Marina retirado y representante de los "exaltados" en las Cortes extraordinarias de 1822, 1822-23 y en las ordinarias de 1823.  Al término del trienio liberal tuvo que emigrar a Francia, ya que, al haber votado la deposición de "El Deseado", fue condenado a muerte, de la que sólo le salvó su milagrosa huida.  Sin embargo, su estancia en Francia no fue estéril, ya que allí entablaría contacto personal con Fourier, colaborando activamente con la escuela fourierista e interviniendo incluso en la creación de un falansterio en Condésus-Vesgres.  Tras el "abrazo de Vergara" entre Maroto y Espartero, en octubre, vuelve a España y crea un núcleo fourierista gaditano, en el que destacaron Pedro Luis Huarte y Sagrario de Veloy, entre otros.  Incluso intentó éste último crear un falansterio en Tempul (cerca de Jerez), que sin embargo, y a pesar de la aportación económica recibida, no pudo llevarse a la práctica debido a la prohibición gubernamental.  Cabe mencionar que Abreu destacó como articulista en distintos diarios de Cádiz.
El utopismo de estos prolegómenos del socialismo nos sugiere que aquel fourierismo ingenuo, que aspiraba a conquistar a los ricos o, a la par de los pobres, buscaba abrir las ostras a fuerza de discursos y amansar los leones por la sola mágica virtud del uso de la palabra, carecía de toda aptitud para caldear a las muchedumbres yacentes en los bajos fondos sociales.  En cambio, logró la entusiasta adhesión de cientos de sectores de las clases acomodadas y de las intelectuales.
La situación en el campo andaluz empeoró tras las desamortizaciones, ya que éstas no crearon la clase de campesinos medios que se había propuesto Mendizábal, a semejanza de la desamortización francesa, pues las ventas se efectuaron en grandes lotes y con unas condiciones absolutamente imposibles para los modestos jornaleros.  En extensas zonas del país unos cientos de familias siguieron detentando la propiedad y los yunteros se vieron privados de la mayor parte de los aprovechamientos comunales.  A los siervos emancipados sucedieron los braceros y jornaleros; en pocas palabras, se originó un vasto proletariado agrícola, cuyo mayor anhelo pasó a ser el reparto de tierras.  Los latifundios sucedieron a los mayorazgos y a las posesiones de la Iglesia, y se metieron, además, con bienes comunales, arruinando a los ayuntamientos.
La creciente pauperización del campesinado y las agitaciones promovidas por la burguesía industrial, en su intento de derrocar (en el terreno de la vida diaria) al antiguo régimen, dieron como resultado un período de alteraciones del orden público y de profundo malestar social.

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