27 jul. 2012

EL DESASTRE DE ANNUAL (III)

El periodista Leopoldo Romeo escribía en 1909, en plena crisis de julio:

"¿A qué vamos a Marruecos?  ¿A defender intereses comerciales?  Pues si eso se dice, es mentira. Las exportaciones españolas a Marruecos en 1903, según Reparaz, eran menos de dos millones de pesetas.  Y es mentira, porque nosotros no tenemos comercio en el sentido de expansión.  Ahí están Tánger, Larache, Rabat, Casablanca, Mazagán, Safi, Mogador, Tetuán, Alcazarquivir y Fez.  ¿Acaso comerciamos como no sea en ridícula cuantía?  ¿Pero acaso no es cierto que España está industrialmente en manos extranjeras?  ¿Para qué, pues, venir con esa monserga que a nadie engaña?
Antes que pensar en abrir mercados, es menester pensar en crear una materia vendible, el producto elaborado, la industria.  Puentes sin viandantes, caminos sin arriería trenes sin mercancías, hoteles sin viajeros, instrucción sin escuelas, mercados sin industrias son... ¡cosas de España!
Morírán unos cuantos soldados, ascenderán otros cuantos, enseñaremos una vez más nuestro desbarajuste al mundo, nos pondremos por centésima vez en ridículo llamando al tiroteo escaramuza; a la escaramuza, acción de guerra; al encuentro de avanzadas, combate; al combate, batalla campal; enviaremos más generales que coroneles, más jefes que oficiales, más oficiales que soldados, más promesas que realidades, más proyectos que hechos, y por todo sacar, sacaremos sólo una cosa: sangre al pueblo y dinero al contribuyente."

Completando este artículo diremos que Inglaterra  presionaba a España a mezclarse en el asunto marroquí, pues no quería tener a la fuerte potencia naval francesa frente a Gibraltar.
La cuestión marroquí se iniciaba con descalabros militares, huelgas en la Península y una opinión pública que no entendía de compromisos internacionales y no quería perder su sangre en aquellas tierras agrestes.
En 1910 y 1911 las tropas españolas siguieron operando en Marruecos y, con Canalejas, quedaban sentadas las bases en la zona occidental con la ocupación de Arcila, Alcázar y Larache.  Las opiniones seguían encontradas: los políticos hablaban de penetración pacífica mediante negociaciones, sobornos, ayudas médicas y escolares; los militares percibían que la penetración era imposible sin la subyugación de las cabilas y que el deslinde entre respaldar el poder del califa contra la rebelión cabileña y la conquista militar era completamente artificial; algunos políticos, como Cambó, abogaban por una retirada total, aunque ello supusiera reconocer que España era una potencia menor; la conjunción republicano-socialista se expresaba así en un manifiesto:

"Somos resueltamente contrarios a la intervención militar en Marruecos, y cuando hacemos esta afirmación creemos hacernos intérpretes no sólo de los partidos republicano y socialista, sino también de la gran mayoría de la sociedad española."

La parsimonia de los políticos imponía unas operaciones de escaso alcance, aunque costosas (en 1913, la guerra con Marruecos por mantener el "protectorado" costaba a España 1.149.000 pesetas diarias).  La mayoría de los militares deseaban sujetar a las cabilas del interior, dominar la bahía de Alhucemas y enlazar las dos comandancias: occidental (Ceuta) y oriental (Melilla).
En el sector occidental, la clave la dieron las relaciones entre el Raisuni y el alto comisario español Jordana.  Era el Raisuni un cuatrero cruel, que se comportaba cual señor feudal con las tribus de esta zona.  En 1920 un nuevo comisario, Dámaso Berenguer, cambió de política y se propuso terminar con el Raisuni para luego atacar a Abd-el-Krim, que se había unido a las cabilas del Rif ys e mostraba como el enemigo más encarnizado de España.  Berenguer triunfó en el oeste y capturó en 1920 la ciudad de Xauen.  Pero -yerros del Gobierno- nunca llegó a haber una coordinación efectiva entre Berenguer y el comisario Fernández Silvestre en Melilla.  Silvestre era bravo, impetuoso, difícil, proclive a tomar decisiones por su cuenta, más antiguo en el escalafón que Berenguer y quizá en contacto confidencial con el rey.  Sin tener en cuenta los puntos de vista del Estado Mayor, "el estorbo mayor", como él lo llamaba, se propuso finalizar la guerra en una marcha sobre Alhucemas, donde fundaría la ciudad de Alfonso.  Silvestre avanzó hacia allí, haciéndose evidente que se había equivocado en lo tocante a la actitud de las cabilas.  La desmoralización de las tropas comenzó a ser algo evidente; Berenguer no podía enviar refuerzos con la rapidez requerida.  Inmediatamente comenzó la ofensiva indígena,desencadenada desde Alhucemas por Abd-el-Krim.  Silvestre iba perdiendo posiciones y decidió una retirada desde Annual, que se convirtió en desbandada.  El mando perdió el control y la retirada se convirtió en una carnicería, perdiéndose hasta setenta posiciones.  La llanura calcinada desde Annual a Melilla se convirtió en tierra de tragedia.  Silvestre murió o se suicidó (no se sabe).  Estimaciones juiciosas calculan las pérdidas del desastre de Annual en 12.981 hombres, 14.000 fusiles, 100 ametralladoras, 115 piezas de artillería.  En pocos días se habían perdido 5.000 kilómetros cuadrados, y aun la propia Melilla estuvo en grave peligro, perdiéndose el Monte Arruit y Nador, donde los victoriosos rifeños explotaron su victoria hasta límites exterminadores.

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