27 jul. 2012

EL DESASTRE DE ANNUAL (IV)

Toda España quedó horrorizada ante las noticias del desastre. La consecuencia política inmediata (la mediata sería la Dictadura de Primo de Rivera) fue la apelación a un nuevo gobierno de "concentración" presidido por Maura para reorganizar efectivos, paliar las consecuencias de la catástrofe e iniciar la recuperación de las posiciones perdidas.
Berenguer, lenta y metódicamente, comenzó a reconquistar de nuevo la parte oriental reduciendo a el Raisuni. Pero en 1922 Berenguer se verá obligado a dimitir, al verse asediado por recelos políticos y periodistas hacia el ejército.  Fue sustituido por su rival, Burguete, quien pondrá en práctica una táctica distinta: acabar con la guerra mediante el ejercicio de políticas de soborno de las cabilas y un tratado de rescate con Abd-el-Krim.  A esta humillación se opondrán Sanjurjo, Millán Astray y el entonces comandante Franco, quienes representaban al grupo guerrero del ejército de Marruecos.  Se habían comportado como militares profesionales sacrificados y habían hecho de la legión extranjera la mejor fuerza de choque del ejército español.
Después del desastre de Annual se abre un capítulo de "responsabilidades" contra las más altas representaciones del Estado.  En agosto de 1921 se designó al general Picasso para abrir un expediente gubernativo sobre responsabilidades del mando en el desastre.  Esto hirió en lo más vivo al ejército combatiente.  El gobierno conservador de Sánchez de Toca (1922) despidió a Martínez Anido y terminó con las Juntas de Defensa.  Pero en esta búsqueda  de responsabilidades no se avanzó, porque ello hubiera perjudicado al propio gobierno y se hubiera debilitado a los jefes, con lo que la reconquista de Marruecos habría sido más difícil.  Además, la izquierda estaba empeñada en que la responsabilidad se buscase en casa, entre los políticos conservadores que presidieron en desastre y el rey, del que estaban convencidos había alentado a Silvestre.  Besteiro, Prieto y otros socialistas y republicanos exploraron los telegramas de aliento de Alfonso XIII al general Silvestre en vísperas del desastre de Annual, y mientras se apuntaban un triunfo ante la opinión pública, conseguían que el rey fuera perdiendo prestigio y popularidad.  A esto último también contribuyeron obras coetáneas de plumas desenvueltas, como el "Alfonso XIII desenmascarado", de Vicente Blasco Ibáñez, o "Farsa y licencia de la Reina Castiza", de Valle-Inclán.
La facción conservadora, que venía ocupando el poder desde 1919, fracasó a finales de 1922 con un gobierno de Sánchez Guerra, sucesor de Dato en la jefatura del partido. Cambó no quiso aceptar un encargo del rey para formar gobierno, y lo mismo Maura, quien respondió al monarca que ya era demasiado tarde.
Esta situación, enmarcada en la búsqueda de "responsabilidades", llevó a García Prieto al poder como jefe de un "bloque liberal", preconizado en 1920 por Santiago Alba, que representaba algo más que las meras ambiciones de un partido excluido, ya que abarcaba un programa de amplia reforma constitucional en sentido democrático: restablecimiento pleno del derecho, revisión constitucional, reconocimiento leal de la personalidad jurídica de los organismos obreros, transformación del régimen de propiedad, implantación de una política social, fiscal y de crédito, ejecución de un presupuesto que respondiese a la posición de los problemas de Hacienda y de Estado en la posguerra, anhelo de reconstrucción económica...
El acuerdo entre las izquierdas dinásticas (García Prieto, Romanones, Santiago Alba) y el reformismo de Melquíades Álvarez cristalizaba en un gobierno que tenía como base la reforma social radical y la democratización de la monarquía.
Iniciaron sus pasos midiendo el tema de las responsabilidades de los políticos y del ejército y afianzando el control civil, como lo demuestra el que fuera nombrado alto mando de Marruecos una autoridad civil.  Las Cortes, pues, iban a tocar lo vivo: ejército, rey y políticos, quienes se encontrarían con un tribunal público.
No cabe duda de que el ánimo del rey se estaba hastiando de la ineptitud de los políticos; veía que ante la "deserción" de hombres como Maura y Cambó, su persona quedaba sola y abierta a la difamación de la izquierda.
El 13 de septiembre de 1923, contando con el apoyo de las clases dirigentes y de las guarniciones, Primo de Rivera se pronunció en Barcelona.  Nadie, y menos aún el ejército, se lanzó a defender un parlamentarismo desacreditado.  Esto favorecerá más tarde (erróneamente) la creencia en la pasividad constante del pueblo español ante las iniciativas de pronunciamiento.
Alfonso XIII aceptó el viejo recurso del pronunciamiento como medio legítimo de cambio político.  Los políticos nunca le perdonaron el haber nombrado a Primo de Rivera presidente del Consejo, mientras el éxito del golpe era todavía dudoso.  Primo de Rivera, a su vez, le afeó el carecer de la "hombría" suficiente para salvar a España.  Triunfó porque asestó el golpe al sistema parlamentario en el momento en que se operaba la transición de la oligarquía a la verdadera democracia: la vieja máquina política estaba quebrada, pero la transición a la nueva democracia política que se proponían los liberales avanzados no había prevalecido aún sobre la indiferencia del cuerpo electoral.  No era la primera vez que un general aseguraba rematar un cuerpo enfermo, cuando, de hecho, estaba estrangulando a un recién nacido.

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