1 jul. 2012

EL DESASTRE DE 1898 (III)

El movimiento emancipador estalla en Cuba en 1895 (y en Filipinas al año siguiente).  El isnpirador, alma del movimiento, fue José Martí, nacido en La Habana, hijo de una canaria y de un sargento valenciano; a los 17 años fue encarcelado por mofarse de los militares españoles.  De extracción humilde, tenía también una fe ciega en la capacidad democrática de los "humildes"; al revés que los ricos autonomistas, no tenía miedo a una Cuba Negra (los criollos estaban de la parte española por carecer de un ejército con que mantener a raya a los negros).  La figura de Martí revela la tenacidad del revolucionario como periodista, orador y organizador.  Frente a las adversidades, fundó y financió el Partido Revolucionario Cubano (1891).  El ideal de Martí era una república libre e independiente; esto no se cumplió porque la intervención militar de los Estados Unidos llevaría a una nueva fiscalización yanqui de los asuntos internos de la nueva república (la Enmienda Platt), y porque una vez que Cuba se vio libre de España, los oligarcas cubanos, bien asentados en una economía de monocultivo, se harían con el gobierno de la isla.   Podemos decir de Martí que la lucha frustrada por la soberanía económica y política de Cuba se convirtió en el concepto clave del pensamiento inicial (sólo inicial) del dictador Fidel Castro.
La insurrección comenzó en 1895 y tuvo su base geográfica en la parte oriental de la isla; su base social, en el campesinado; su impulso ideológico, en el partido revolucionario de Martí; su cabecilla militar, en Antonio Maceo; su táctica, en la guerrilla.
A Martí le mataron al poco de comenzar la insurrección; pero los separatistas, apoyados por Estados Unidos, obtendrán su independencia.  La rebelión avanza desde el este hacia los núcleos más industrializados del oeste.  La táctica española del general Martínez Campos es la contraria: empujar a los insurrectos desde el oeste hacia el este y destruirlos allí; para ello establece un "cordón sanitario" ("trocha") en el centro de la isla y de norte a sur.  Además, tratará de evitar los desembarcos americanos que traen auxilios a los sublevados, cosa que la marina española ni sabe ni puede interceptar.  Con los suministros americanos se arman las filas de blancos y negros cubanos, dirigidos por Gómez y Maceo, quienes, bien apoyados e informados por la Cuba rural, evitarán la batalla en campo abierto, cifrando la victoria final en la guerra de guerrillas.  La misma táctica que, sesenta años después, emplearían Castro, Guevara o Cienfuegos.
El ejército español tenía que luchar, por el contrario, contra toda la Cuba rural, contra la falta de ferrocarriles y caminos, contra la manigua, las lluvias y la enfermedad.  En 1897 murieron 32.500 españoles, de los cuales 14.500 fallecieron por tifus y difteria, 6.000 por la fiebre amarilla y 7.000 de malaria.  Al ejército estadounidense le ocurría algo similar.
La metrópoli ya no piensa en acuerdos negociados, y las ideas liberales sobre Cuba son sustituidas por el duro general Weyler y por la frase de Cánovas: "Hasta el último hombre y la última peseta".
Quienes cargaron a sus espaldas los resultados de estas frases lapidarias fueron las clases trabajadoras de la Península, las cuales aportaron con "ejemplar decisión" (es ironía) 200.000 hombres para Cuba, 45.000 para Puerto Rico y 25.000 para Filipinas.  Estas gentes modestas fueron las que sufrieron la guerra en su mayor medida, debido a una institución clasista llamada "cuota", por la cual se redimían aquellos reclutas que pagaran una cierta e importante cantidad en metálico.  A la guerra siempre van los de siempre...

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