28 jul. 2012

EL AUGE DEL NACIONALISMO CATALÁN (II)

Qué duda cabe que la lengua catalana será la médula viva del catalanismo.  Recobró dignidad literaria y categoría de idioma europeo entre 1833 y 1850 con la Oda a la Patria, de Aribau, las poesías de Rubio y Ors y los juegos florales, inaugurados en 1859.  El pasado catalán se puso de moda, y de los estudios históricos sobre la independencia catalana (destruida luego por Castilla) en la época medieval brotaron las obras de los Bofarull, Milá y Fontanals, Balaguer... Surgen grandes poetas como Verdaguer y, más tarde, Maragall.
Esta "Renaixença" literaria produjo políticos que trabajaban, dentro de la estructura de los partidos españoles, en favor de los intereses especiales de Cataluña.  Pero este catalanismo, conciliatorio con el regionalismo moderado y la descentralización, no podía ser algo meramente decorativo,  por lo que se convirtió en instrumento del nacionalismo radical.  Políticos enamorados de Cataluña, como el influyente periodista Mañéy Flaquer, que profesaban un obstinado, pero moderado, regionalismo, fueron considerados traidores a Cataluña, y se llamó "malos catalanes" a los aliados de Madrid.
El carácter contradictorio de estos orígenes del catalanismo hace difícil una síntesis entre una derecha y una izquierda del catalanismo político, entre un catalanismo conservador y antiliberal de Torras i Bages y un catalanismo liberal de Almirall.  Unir estas dos tendencias va a resultar imposible para los políticos.
Para la derecha, la devoción y la estabilidad social de Cataluña eran el último refugio contra el liberalismo racionalista.  Amor a Cataluña y odio al liberalismo hicieron que la misma Iglesia tomara partido.  Los obispos Morgades y Torras i Bages difunden la cultura catalana, restauran los monasterios catalanes, son partidarios del uso del catalán en el púlpito.  Cataluña es una "entidad verdadera con vida propia". La religión, reavivada por un espíritu conservador, servirá para preservar las estructuras sociales y un espíritu religioso amenazados por la civilización urbana del hombre sensual.
Por la izquierda, salta la figura emotiva y apasionada de Almirall, alimentado en el republicanismo federal de su maestro Pi i Margall. Pero en el federalismo de Pi i Margall, Cataluña no era sino una región más en una España toda ella federalista.  Este federalismo, montado sobre el individualismo proudhoniano, no tenía en cuenta los matices tradicionales de la cultura, la lengua o la raza, ni subrayaba el caso del particularismo catalán.
Almirall trabajó intensamente para separar a todos los partidos catalanes de sus relaciones con los partidos de Madrid. Todos los catalanes, desde el burgués al campesino, tendrán como meta el amor a Cataluña.  Aunque Almirall fracasó en su intento de unir la izquierda y la derecha catalanas dotará al catalanismo de una doctrina, de una táctica y de un sabor anticastellano.  Llama a los castellanos "soñadores árabes", despiadados, que tienen en la esclavitud a otras regiones (vasco-catalano-ibérica) y los gobiernan en un idioma "extranjero".
Una de las primeras expresiones políticas del catalanismo fue el "Memorial de Alfonso XII" (1885), en el que participan diversas tendencias de la opinión catalana. Defiende la existencia de una personalidad catalana independiente, previa a su unión con Castilla, y critica la centralización nacional como causa de la decadencia del país.  La regeneración ha de ser fruto de la reactivación de la vitalidad regionalista.  Critica a la monarquía centralizadora, a los liberales obsesionados y al constitucionalismo parlamentario.  Defiende el derecho catalán y dice que Cataluña es, con su lengua, cultura, instituciones seculares y propia personalidad, creación de una existencia histórica independiente, con anterioridad a la unión con Castilla.
Un paso más radical lo constituyó la petición de una autonomía política; para ello es necesaria la creación de un partido que englobe a todos los catalanes: obra de un joven llamado Prat de la Riba y que dejó plasmado su programa en las Bases de Manresa.  Podemos resumirlas así:

-Autonomía catalana dentro de un Estado español federativo.
-Máxima autoridad: Cortes catalanas; catalán como idioma oficial; cargos sólo para catalanes, y capacidad legislativa civil y penal.
-Tribunal supremo propio.

Prat de la Riba era conservador social y políticamente y estaba convencido de que los derechos catalanes sólo podían ser escuchados en Madrid por los políticos de la Restauración si los objetivos catalanes procedían de la derecha conservadora.  Para ello había que lograr el consentimiento de la España monárquica, y no imponerse por medio de una revolución separatista.
Prat hizo el trasvase del movimiento catalanista de las manos de los intelectuales a las manos de los conservadores y se organizó en partido político, entrando en la política española en 1898 para luchar por los derechos catalanes.

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