4 jul. 2012

CASTICISTAS Y CATÓLICOS

Se ha repetido con frecuencia que los españoles de finales del siglo XIX estaban aquejados de un profundo complejo de inferioridad.  Los políticos no creen en el pueblo que gobiernan, y las clases populares, pobres y atrasadas, no creen en su clase política.  Atraso, miseria y debilidad son una realidad del pueblo español.  Esto queda más en evidencia al comparar a España con las grandes e industrializadas potencias europeas.  La decadencia de las naciones latinas es un hecho frente a las naciones europeas de diferente estirpe, ricas y adelantadas científicamente.
En España surgen los europeístas que, sin renunciar a la tradición española, quieren incorporar a España a la civilización nórdica.
Están los casticista que, sin renunciar a los beneficios de la civilización industrial, piensan que nuestra "casta" tiene menos aptitud para la ciencia y para la técnica que los europeos, pero que los superan en "sentimiento religioso de la existencia", "capacidad creadora en el mundo del pensamiento y del arte" y "equilibrio humano integral en cada personalidad".  Los casticistas siguen creyendo sobre todo en Castilla y en el sobrehumano aliento de que diera muestras en los siglos XVI y XVII.  El genuino representante de esta línea es Menéndez y Pelayo, que lleva a cabo un gigantesco esfuerzo de investigación y exposición de nuestra cultura nacional, con la que se muestra radicalmente identificado y en la cual el cristianismo hace de eje y base de la cultura española.  Para el santanderino Menéndez y Pelayo, la filosofía del siglo XVIII había envenenado esa España evangelizadora de medio mundo.  Por el humanismo clásico de su pensamiento, no exento de racismo biológico, Menéndez y Pelayo fue  presentado a las generaciones del franquismo como un "maestro en el pensar".  Pese a ser ya en su propia época un erudito anticuado y un humanista a la antigua usanza, se elevó sobre la "vulgaridad" para defender la raíz católica de la vida española.
Estamos refiriéndonos con esto a que la mayor parte de los sectores religiosos de España eran partidarios del inmovilismo, de la cerrazón por principio, de la desconfianza frente a cualquier signo de actividad que pudiera suponer progreso, y esta Iglesia era la que pretendía adueñarse de toda la sociedad y dotarla de una unidad religiosa.  Estas pretensiones eran en sí mismas germen de una división, y el clericalismo acentuaba la escisión de un ala radical y un ala conservadora.
En estas circunstancias no es de extrañar que se llegara en nuestro país a confusiones dramáticas y explosivas entre catolicismo y derecha.  Llegó a escribirse que el liberalismo era "un pecado, peor por naturaleza que el robo, que el asesinato o el adulterio". 
La actitud católica exponenciaba una clara confusión entre catolicismo y derecha.  Grandes masas de gentes ignorantes eran convencidos de que la "derecha" era buena y bienaventurada y que la "izquierda" era sinónimo de hombre pecador y condenado al infierno. Esta discriminación la apoyaban diciendo con Jesucristo en el Juicio Final que los salvados se colocarían a su derecha, y los condenados al fuego eterno, a la izquierda.
No faltaron intentos de conquistar a las masas para la Iglesia, como el del multimillonario marqués de Comillas.  Pero en estos intentos había algo simplificador y confusionista.  Las clases pudientes resolvían a su favor el desequilibrio social y encontraban en éste motivos para santificarse y contraer méritos.  Los pobres no sólo eran fundamentales para la producción (ya que la necesidad les obligaba a trabajar), sino que al propio tiempo se convertían básicamente en elementos esenciales en la "economía de la gracia" para que los ricos pudieran santificarse a través de las limosnas efectuadas a los pobres.  Coincidía este punto de vista con aquel que citábamos de la Iglesia en el siglo XVIII, en que justificaban su riqueza con el pretexto de atender a los pobres, sin caer en la cuenta de que el fundamento real irrefutable era que creaban primero a los pobres para que después hubiera que asistirlos.
Ya mencionamos en su momento que los católicos y la clase obrera no simpatizaban demasiado.  Es más, las masas se enfrentarán a la Iglesia, acusada de ser instrumento de la burguesía y de los propietarios contra sus reivindicaciones de clase.  Esta psicología de defraudación puede explicar los atentados contra los templos, de que tan pródiga ha sido la historia española desde la Semana Trágica barcelonesa de 1909 hasta 1939, cuando acabó la Guerra Civil.
Mas la derecha clerical española persistía en su actitud; temía menos a esta descristianización de las masas que a las fuerzas intelectuales y sociales de la institución Libre de Enseñanza.

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