21 jul. 2012

ALFONSO XIII, LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LAS ÉLITES (II)

El rey no quiere ser una pieza pasiva o un manejo -como lo fueron primero Alfonso XII y luego su madre- por personalidades de la talla de Cánovas o Sagasta.  Alfonso XIII será un político de primer orden, tal vez el más agudo de su reinado.  Sin embargo, su estrecha ligazón al ambiente cortesano y la carencia de una filosofía política o de una trabazón de ideas que le marquen sus actuaciones en cada momento, hacen que Alfonso XIII no sea un auténtico hombre de Estado.  Por otra parte, no carecía de buena voluntad ni de rectitud de intención, aunque en ello hubiera un poco de ingenuidad por su parte.  Se suele hablar también de una confianza entusiasta en su propio pueblo, aunque la realidad de este pueblo español le era completamente desconocida.
Sus ministros y los atascos parlamentarios llegaron a desilusionarle, por lo que sus contactos más estrechos fueron con sus ayudantes militares; sus intereses y sensibilidad se centraban en el ejército (Francisco Franco fue el padrino de su boda), cuyas opiniones empieza a compartir ya en 1906.
Comparte las preocupaciones del ejército por la Guerra de Marruecos y, contento de perder de vista a todos los políticos, tolera la dictadura militar de Primo de Rivera.  Esto le hace perder lealtades de muchas personas políticas y prepara su aislamiento moral en 1931.  Sin embargo, el afán de sinceridad y de autenticidad quedará incluso patente cuando las elecciones municipales de abril de 1931 vinieron a demostrarle que las últimas experiencias políticas le habían apartado del afecto de sus súbditos y que una considerable parte del país quería otra cosa que no fuera la monarquía; Alfonso XIII pronunció esta frase: "Espero que no habré de volver, pues ello solamente significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz".
El rey era un rey constitucional, cuyos actos debían ser refrendados por los ministros, quienes, por otra parte, debían de gozar de la confianza regia y de la confianza parlamentaria.  La práctica había institucionalizado el famoso "turno de poder", según el cual uno de los dos partidos dinásticos (conservador o liberal) formaba gobierno y el otro constituía la oposición hasta que le llegaba el turno de ser llamado al poder.  Esta armadura fue sólida hasta la muerte de Cánovas (1897) y Sagasta (1903).  Después, el sistema de partidos turnantes comenzó a hacer aguas.
La monarquía parlamentaria, el mecanismo de las elecciones y la fragmentación de los partidos se resquebrajan amenazando ruina.  El rey tenía que hacer de árbitro de las crisis renovando la confianza a un partido y concediendo el permiso de disolución de las Cortes.  Dada la extensión de la influencia electoral gubernamental, el ministro al que se otorgaba un decreto de disolución debía obtener una mayoría asegurada.  Así, si un ministro solicitaba el decreto de disolución, el rey era quien tenía que juzgar si esta mayoría ministerial concreta representaba a la opinión.  No podía, como en Inglaterra, aceptar el consejo de su ministro sobre la disolución de las Cortes y dejar que el país decidiera, ni tampoco existía ninguna organización constitucional que le ayudara en su decisión.  Su único recurso era consultar a los políticos y a los palaciegos para enterarse de si una "situación" estaba realmente "agotada".  La decisión del rey siempre originaba descontento, ya de los que gobernaban, ya de los postergados, que creían que el país exigía un cambio.  Además, el decreto de disolución otorgado al jefe de un grupo parlamentario dentro de un partido dividido, daba a aquél la posibilidad de afianzar sus pretensiones a la jefatura de su partido.  Una vez divididos en clanes los liberales y los conservadores, el más constitucional de los reyes no podía dejar de convertirse en un juguete de ambos bandos.
Ahora bien, ¿quién o quienes son los políticos que ejercen el poder?

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