21 jul. 2012

ALFONSO XIII, LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LAS ÉLITES (I)

El "98" era la cristalización de todos los problemas económicos, sociales, políticos e intelectuales.  La crisis exterior era el exponente de la crisis interior del país.  La propia catástrofe de 1898 levantó una polvareda de regeneración, de rectificación, de modernización, de superar un mal episodio sobre el que se había organizado la Restauración.  Pero estas tendencias se estrellan contra la estructura medieval del país, contra el intocable sistema agrario, contra la falta de un mercado y de un capitalismo nacional.  Las añejas estructuras y los viciados hábitos del caciquismo pesan como una losa.  No obstante, la Restauración había producido unos cambios sociales y había dado luz verde a una España con nuevas tensiones.
Ahora bien, el sistema parlamentario legado por Cánovas seguía en pie, continuaba en vigor la Constitución de 1876, en la que eran soberanos conjuntamente en monarca y las Cortes.  Teóricamente, comenzaba el siglo XX de la misma forma que había acabado el XIX: los poderes del Estado y su funcionamiento, al menos formalmente, no habían sufrido variación.  La realidad era que el sistema de partidos estaba en decadencia y a punto de desintegrarse, pese a los intentos repetidos de reconstruir un partido liberal y uno conservador para poder arrastrar a la opinión pública detrás de ellos.
España era una monarquía constitucional, y en esta situación cumplía la mayoría de edad (16 años) e iniciaba  su reinado Alfonso XIII el 17 de mayo de 1902 poniendo fin a la regencia de María Cristina, su madre.
A pesar de la educación, un tanto ñoña y estrecha, recibida de su madre, Alfonso XIII fue en muchos aspectos un rey de mente abierta y espíritu moderno, cuyo entusiasmo por los automóviles alarmó a sus ministros.  Aburrido por la rutina encorsetada del ceremonial de una corte que a los extranjeros les parecía la más rígida de Europa, llegó a solazarse con la relativa libertad de sus funciones políticas, a la vez que adquiría gusto y cierto talento para la intriga política.
Alfonso, desde el comienzo, querrá ser un rey, y además un rey patriota; él mismo se marcaba la consigna en el año de su coronación:

"En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de mucha trascendencia tal y como están las cosas; porque de mí depende si ha de quedar en España la Monarquía o la República.  Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando la Patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado; pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera...  Yo espero reinar en España como rey justo... Si Dios quiere, para el bien de España".

Y ya en su primer Consejo de Ministros se cita esta anécdota, muy repetida, que viene a significar el gusto por la política activa, la tendencia a tomar en serio, como protagonista, sus funciones y a afirmar la persona del rey como jefe supremo del ejército. Esta "voluntad de poder" en el rey adolescente la cita el conde de Romanones:

"...Tras breves palabras de salutación de Sagasta, dichas con voz apagada, reveladoras de su fatiga, el rey como si en su vida no hubiera hecho otra cosa que presidir ministros, con gran desenvoltura, dirigiéndose al de Guerra en tono imperativo, le sometió a detenido interrogatorio acerca de las causas motivadoras del cierre decretado de las Academias Militares.  Amplia explicación, amplia para su acostumbrado laconismo, le dio el general Weyler; mas el rey no quedó satisfecho, opinando que debían abrirse de nuevo.  Replicó don Valeriano con respetuosa energía, y cuando la discusión tomaba peligroso giro, la cortó Sagasta haciendo suyo el criterio del Rey, resultando con esto vencido el de la Guerra.  Después de breve pausa, el Monarca tomaba en su mano la Constitución, leyó el caso octavo del artículo cincuenta y cuatro, y a su manera de comentario dijo: "Como ustedes acaban de ver, la Constitución me confiere la concesión de honores, títulos y grandezas; por eso les advierto que el uso de este derecho me lo reservo para mí por completo".  Gran sorpresa nos produjeron estas palabras.  El Duque de Veragua, heredero de los más ilustres blasones de la nobleza española y de espíritu liberal probado, opuso a la palabras del Rey una sencilla réplica; pidiéndole su venia, leyó el párrafo segundo del artículo cuarenta y nueve, que dice: "Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está refrendado por un ministro".  Aunque la materia no entrañaba importancia, sin embargo en aquel brevísimo diálogo se encerraba una lección de derecho constitucional.  Como Sagasta no concedió nunca importancia a los títulos y a los honores, apenas había prestado atención a las palabras cruzadas entre el Rey y el Ministro de Marina.  Gran lástima, porque el momento era oportuno para deslindar las facultades y funciones del poder moderador."

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