23 jun. 2012

REINADO DE AMADEO DE SABOYA (III)

Los "benevolentes" eran más realistas: minoría parlamentaria, propaganda y apoyo a Zorrilla atándole al republicanismo. Sin embargo, los factores personales también contaban, y ya hemos dicho varias veces las discrepancias entre Castelar y Pi y Margall. Éste cuidaba su centralismo sin comprometerse y evitando que los benevolentes, como Castelar y Pi y Margall, se inclinaran demasiado a la derecha y los intransigentes desembocaran en la rebelión.
Los federales se encontraron alrmados por la creciente actividad de la Internacional fundada en 1864 por Marx en Londres, y con amplias resonancias en España ya en 1868.  Sabido es que Pi y Margall había escrito: "No hay revoluciones políticas sino en apariencia.  En el fondo, todas son sociales.  Son todas, inútil es ocultarlo, hechas de clase a clase".  Es lógico que los federales colaboren con la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (ala de Bakunin en la línea de Proudhon).  Fernando Garrido será enlace vital con los agentes extranjeros llegados a España para organizar la clase trabajadora, como Lafargue, Reclus, Arístides del Rey y el eficaz anarquista Fanelli.  La convivencia de republicanos federales, socialistas propiamente dichos y aliancistas no era difícil.  El primer congreso de la Sección Internacional Española se celebró en Barcelona en 1870, con asistencia e representantes de casi 40 ciudades españolas.  En el segundo congreso, reunido en Valencia en 1871, se fijó que la verdadera república democrática federal es la propiedad colectiva, la anarquía y la federación económica, o sea, la libre federación universal de libres asociaciones de obreros agrícolas e industriales.
Los federales, aún sin programa social, querían persuadir a los obreros para que tomaran parte activa en la política mientras vivieran en una sociedad donde las libertades civiles no estuvieran garantizadas.  Pero en España convencían menos, en estos momentos, Lafargue, Marx y Engels que los bakunistas anarquistas, quienes predicaban que todas las alianzas políticas eran contrarrevolucionarias.  La postura de los federales, pese a que defendieron a la Internacional en las Cortes, fue considerada ilegal.
Las nuevas elecciones de 1872 pusieron de manifiesto la tópica escisión republicana.  Los intransigentes consideraban obligación sagrada la rebelión; para los benévolos era delito rebelarse, el cooperar con Zorrilla en su creencia de que la monarquía fracasaría y los radicales tendrían que aceptar la república como única alternativa.  Además, sólo era posible intentar la revolución si el partido podía confiar en el éxito.
Las secesiones y conflictos internos estaban destruyendo al partido como destruían a la propia República.  La política de conciliación de Pi había fracasado y no deseaba ser el jefe de un partido dividido.
Los intransigentes se rebelaron en las provincias el 24 de noviembre de 1872, previo anuncio de su programa social: abolición de las quintas y de los consumos, un ejército de voluntarios, cese de todos los empleados gubernamentales, revisión de los contratos de ferrocarriles, nacionalización de los bancos, regulación de precios, democracia directa, justicia libre y reforma agraria; los levantamientos fueron un ejemplo de cómo no debían hacerse las revoluciones.

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