16 jun. 2012

PROLETARIADO ESPAÑOL DEL XIX

El empresario tenía un concepto feudal de su empresa: él, casi en mayúscula, daba trabajo y sustento a sus empleados; él debía ser reverenciado, obedecido por la grey que poblaba sus fábricas.  Si no era así, entonces se quebraba el orden natural de las cosas: el obrero no podía "clavar un puñal en el pecho de la madre que lo alimenta" - así se expresaba en 1835 el jefe político de Barcelona-, ni podía amedrentar a los fabricantes que detentaban la vida industrial en la región -palabras del obispo de Vich, Antonio Palau, en 1855-.  Si no estaban contentos, podían renunciar a su empleo; la libertad de contrata era esencial tanto para el fabricante como para el operario.  Sofisma que encubría la desigualdad de opción entre uno y otro.
Los fabricantes seguían obstinados en mantener un esquema hasta cierto punto lógico.  Demostraban los "amos" que la única manera de mantener la competencia era reduciendo los gastos de producción, o sea, probaban que los sueldos insoportablemente bajos eran algo inevitable, pues de lo contrario, al ser aumentados, se ponía en peligro la producción, con lo que quebrarían las empresas y, a la postre, los mismos obreros perderían.  Por ello abogaban por una defensa a ultranza de la madre empresa.
Pero estos argumentos...
Primero, el obrero quedaba inmovilizado y vinculado a la miseria al plantearse estos argumentos unilateralmente.  Segundo, estos argumentos se convierten en una excusa a medida que la estructura económica liberal fue dando más amplios beneficios a los empresarios.  Tercero, y sintetizando, las disputas entre obreros y patronos arrojaban un solo resultado, del que es buena prueba el siguiente texto extraído de un documento del ayuntamiento de Barcelona:

"Reducían en tales términos el salario de la mano de obra que el jornal diario de un buen trabajador era el de cinco a siete reales, con lo que no era posible mantenerse, al paso que algunos fabricantes hacían fortunas colosales."

Aún más interesante es otro documento, aducido por Jutglar en que se confirma la acusación obrera del enriquecimiento de los patronos y el poco respeto a la dignidad humana del obrero, incluso entre gente bien intencionada:

"Habiendo manifestado el señor presidente los desórdenes ocurridos entre los trabajadores y fabricantes del ramo de hilados en el día de ayer y la necesidad que hay de poner coto a las injustas exigencias de los primeros -el derecho a vivir como una persona, por parte del obrero, era injusto-, al propio tiempo que a la extremada codicia de los segundos -refrendo del afán de enriquecerse de los empresarios- se ha acordado..."

Finalmente, el obrero entiende que la renovación de los útiles al trabajo era una decidida voluntad de "amo" de prescindir de la mano de obra y reducir más los salarios.  De aquí su odio a las máquinas modernas y su decidido empeño en destruirlas.  ¿Acaso las máquinas perjudicarían al obrero?  Así lo entendió el pueblo bajo, temeroso de perder su trabajo  y su salario, y arremetió contra el maquinismo y la nueva tecnología.  Un ejemplo palmario nos lo da la fábrica "El Vapor", de Bonaplata, montada en Barcelona en 1832 y quedaba ocupación a unos 700 hombres.  Era la primera fábrica de vapor que se instaló en España, con telares mecánicos y una sección de construcción de maquinaria, lográndose para su instalación un fuerte apoyo estatal.  Desde el 25 de julio al 10 de agosto de 1835 la masa popular quemó conventos, arremetió contra diversos centros fabriles e incendió la fábrica "El Vapor".  Fueron fusiladas cuatro personas, culpables de dicha acción, aunque similares conflictos no tardaron en repetirse.

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