16 jun. 2012

EL OBRERO ESPAÑOL EN EL SIGLO XIX (II)

Posteriormente, el doctor Monleau aduce que la construcción de casas de lavabo y baños, casas de maternidad, cajas de ahorros, asilos de párvulos, construcción de habitaciones sanas y baratas para las clases indigentes, escuelas, control de alimentos, etcétera, son medidas que deberían llevarse a la práctica.  A continuación expone datos tan significativos como:

"En Madrid muere anualmente un habitante por cada 29; en Barcelona, uno por cada 36, y en Londres, con su inmensa población y riguroso clima, no muere más que uno por cada 42...; el trabajo fatigoso y desproporcionado impuesto desde la niñez es una de las causas más numerosas de enfermedad y muerte en las clases obreras."

"...las muchachas y las mujeres de las fábricas, destituidas de luces, mal educadas y expuestas a todas las tentaciones, se rinden fácilmente, y como por recurso, a la seducción.  El libertinaje y la prostitución vienen entonces a consumar la obra que comenzó la miseria.  Hay, por otra parte, jornaleros que viven amancebados o sin casarse sin más motivo que el pernicioso ejemplo de ver a otros camaradas que viven del mismo modo.  Los hay también que no se casan por falta de dinero necesario para cubrir los gastos de las formalidades civiles o religiosas; los endebles vástagos de esta población bastardeada pasan, a su vez, bajo el imperio de las mismas causas de degradación física y moral, describiéndose un círculo sin fin, en el cual la salud y la vida se van atenuando como el algodón y el hilo que la industria adelgaza en sus filaturas."

No tenemos espacio para transcribir los escritos de otros médicos que coinciden con lo expuesto, aunque, a veces, en tonos mucho más realistas.  El lector interesado puede acudir para completar esta visión a los informes de otros muchos doctores, como los de los famosos médicos Mariano Cubí, Joaquín Salarich, Francisco Méndez Álvaro, Rogelio Casas de Batista, Juan Giné Partagás, Rodríguez Méndez, Comenge, Cortezo, Pulido, etc.
El cuadro general presenta, pues, desnutrición, mortalidad infantil, tifus, tisis, carencia de seguros de enfermedad y accidentes y, para que no faltara nada, una ausencia de educación e instrucción total, fruto, a su vez, de las durísimas condiciones en que debía desarrollarse la vida de aquellas pobres gentes.
Para remediar tales inconvenientes no hay más que dos medios: aumentar el precio del jornal del obrero o hacer disminuir el precio de los comestibles.  Obviamente esto no ocurría; así pues la estampa verdadera era una sucesión de cuadros: taller, taberna, prostíbulo, hogares nauseabundos y, al final, hospital o manicomio.  Entre este proletariado cundirá más pronto que tarde el misticismo de la revolución libertaria, único medio de poner fin a la injusticia de que eran víctimas.

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