16 jun. 2012

PROLETARIADO ESPAÑOL DEL XIX (II)

Por otra parte, el que estos movimientos obreros coincidan con movimientos políticos (1835, 1843, 1855, 1868...) no quiere decir, ni mucho menos, que en los períodos de detentación del poder por los conservadores no existiera una oculta, pero fuerte, conciencia obrera.  Ésta se manifiesta ya en 1840 en las exigencias obreras típicas: asociación, mutualismo, cooperativismo y contacto directo con los fabricantes para resolver todo tipo de problemas laborales.
Los fabricantes podían reunirse cuando querían para establecer un convenio, mientras que los obreros, si se reunían para decidir algo sobre su actuación, de inmediato se colocaban fuera del orden público.  Y ¿por qué no podían reunirse?  Sencillamente, porque las asociaciones de obreros eran contrarias al principio de libertad de trabajo y al de libre contratación; y también porque el estado de las cosas que habían constituido los acomodados era algo que no podía cambiarse.  Los poderosos habían hecho el orden público y los obreros, si se reunían, podían ponerlo en peligro y perturbar los "plácidos horizontes" de los "bienpensantes".  Está claro que tal actitud de los "bienpensantes" obligaría a los obreros a radicalizar sus posturas hasta desembocar e hechos por todos lamentados.
Pese a todo, la clase obrera trabajaba en la clandestinidad en favor de las asociaciones, y tan pronto como cayó la mano dura de los gobiernos moderados se desencadenó la primera Confederación de Sociedades Obreras (1854), bajo la denominación de "Unión de Clases", y cuyo núcleo principal lo constituían las agrupaciones de tejedores e hiladores.
La primera huelga que conoce España se da en 1855 y señala la madurez del movimiento obrero por la calidad de grupos minoritarios, las masas puestas en acción y el tipo de reivindicaciones concretas.  Más de 30.000 firmas, de las más diversas localidades de Cataluña, rubricarán los pliegos que una comisión de la clase obrera llevará a Madrid en julio de ese año para obtener de las Cortes y del gobierno de Espartero una legislación que reconozca el derecho de asociación.  He aquí la clave del pensamiento proletario en estos momentos: la asociación como base de unas mejoras que son urgentes y se prevén como un todo laboral; incluso se hablará de contratos colectivos de trabajo en 1855.  Es indudable que de este movimiento habría podido surgir un sindicalismo constructivo a la inglesa.  Pero la presión burguesa, de un lado, y la del subproletariado, de otro, marcan un segundo y peligroso camino a través de la acción violenta: quema de fábricas en 1854, destrucción de las hiladoras mecánicas (selfactinas), poco después; declaración de la operación de huelga general de la primera semana de julio de 1855 (en protesta contra las órdenes del general Juan Zapatero disolviendo las sociedades obreras, y el fusilamiento de José Barceló).  Y en el transcurso de esta última, el primer burgués que cae sacrificado a la ley de la venganza: José Sol y Padrís (tristísima represalia de la ejecución del obrero José Barceló, presidente de la Sociedad de Tejedores de Barcelona), presidente del Instituto Industrial de Cataluña, mientras Barcelona asiste a las sombrías manifestaciones de las masas obreras tras la bandera roja, donde se lee: "Asociación o Muerte".
Se estaba haciendo efectiva la teoría, hacía poco expuesta por Carlos Marx, de que a la tesis empresarial se podía oponer otra antítesis poderosa, la organización obrera.  La burguesía en el poder hará esfuerzos sobrehumanos para impedirlo, declarando así que el enemigo obrero era algo cierto.
Pese a todo, el movimiento obrero sigue reconstruyendo sus sociedades de resistencia, fundando mutualidades y cooperativas, creando un centro cultural y dos periódicos obreros.  A su vez, recibe su movimiento una cierta consistencia teórica de García Ruiz, Ceferino Treserra, Adolfo Joarizti, Sixto Cámara, Fernando Garrido, Ramón de la Sagra y el proudhiano, federalista y demócrata socializante Francisco Pi i Margall, para quien la reforma no se limita a a un cambio social y extrínseco del sistema de gobierno o de una ampliación del sufragio, sino que tiene que afectar a la base misma del sistema, la económica.

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