24 jun 2012

POBLACIÓN ESPAÑOLA A FINALES DEL XIX (II)

También nos hemos referido en otro lugar a los brotes epidémicos continuos a lo largo de los siglos XVIII y XIX.  Sus efectos son catastróficos y elevan las tasas de mortalidad considerablemente.  La pandemia de 1885 se había visto precedida por el cólera de 1859-1860 y el de 1865, que se llevaron por delante a unas 65.000 personas.  En 1885, el cólera atacó a 340.000 españoles, de los que murieron más de 120.000 (un 35% del total de infectados y casi el 7% del total de la población española).  Las zonas más afectadas fueron Navarra, Zaragoza, Teruel, Castellón, Valencia, Cuenca, Murcia, Albacete y Granada.  Fue una epidemia colérica claramente levantina, de la que faltan investigaciones sobre las condiciones sociales y económicas de los afectados.  En las zonas estudiadas, no obstante, están presentes los aspectos sociológicos del problema, pues el contagio incidió sobre una sociedad predispuesta.  Tampoco se cuenta con datos exactos sobre las actividades de los fallecidos, aunque los jornaleros fueron los que contribuyeron con más víctimas.
La relación que existe entre una crisis alimentaria y una crisis demográfica es un hecho evidenciado.  Comparando en un mapa las zonas de crisis agrícola y demográfica, ambas coincidirían muy significativamente.  No cabe duda que las oscilaciones de las cosechas influyeron poderosamente sobre el número de individuos.  La principal conclusión que sacamos de todo esto, sin ánimo de extendernos en el tema, es que la perduración del antiguo régimen social y económico obstaculiza muy seriamente el triunfo del nuevo régimen demográfico.
El hecho de que la población aumente más deprisa que la riqueza nacional obliga a la gente a moverse de un lado para otro, movimiento que se ve facilitado por unos medios de transporte baratos, como son el ferrocarril y el buque a vapor.  Los españoles, en su búsqueda de un lugar donde puedan satisfacer sus necesidades para subsistir, se dirigen a diversos puntos dentro de la Península o se ven obligados a abandonarla por otras tierras.  En el primer caso tenemos los movimientos migratorios internos ("dinámica regional") de la población española.  En el segundo, nos referimos a la emigración al extranjero.
En el caso de la dinámica regional tenemos, efectivamente, un círculo interior, movido por una tendencia centrípeta cuyo núcleo atractivo sería Madrid, y el círculo externo, por el contrario, movido por la fuerza centrífuga que tiende a concentrarse en la costa.  Tenemos, por tanto, unas zonas de máxima concentración demográfica  en Madrid y en las ciudades periféricas: Bilbao, San Sebastián, Oviedo, Vigo, Sevilla, Cádiz, Málaga, Valencia y Barcelona.  El resto lo constituyen unas amplias zonas ralas que se van ensanchando cada vez más.
Los valores demográficos de la periferia dominan sobre los del interior.  Sin embargo, a partir de mediados de siglo, el "gran Madrid" surge y absorbe a los habitantes de la meseta, impidiendo que emigren a la periferia litoral y ejerciendo de contrapeso.  No podemos, ciertamente, perder de vista la tendencia niveladora que ejerce Madrid, un crecimiento vegetativo particularmente fuerte en la región de procedencia, una diferencia de nivel en el desarrollo económico entre la zona de procedencia y la de destino, el atractivo psicológico de la gran ciudad sobre las atrasadas poblaciones rurales, el mayor o menor apego al paisaje nativo, etcétera.

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