20 jun. 2012

LAS RELACIONES INTERNACIONALES (1840-1868) (I)

El legendario Imperio español era ya un recuerdo y España se había visto reducida a una potencia muy secundaria.  Sin embargo, a mediados del XIX España todavía conservaba algunos jirones muy precisos: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Carolinas, Marianas, Palaos, y plazas en el norte de África.  Pero estos retazos coloniales, pequeños y dispersos, en nada se pueden comparar con los de las grandes potencias coloniales: Francia e Inglaterra.
Haciendo relación al peso de España en Europa, ya nos referimos a la guerra civil carlista, por cuanto tenía un interés europeo al representar el antagonismo entre potencias absolutistas y liberales. Metternich enviaba armas y subsidios a los carlistas; Palmerston hacía otro tanto en beneficio de los partidarios de la regente.  Pero la rivalidad económica y política entre Francia e Inglaterra, bajo apariencias de la "alianza" de 1834, reaparecí en España.  Ambas eran enemigas de los estados despóticos, pero Inglaterra, al socaire de la ayuda, quería romper el proteccionismo español para abrir paso a las mercancías inglesas, mientras Francia y los catalanes no estaban dispuestos a esto.  Así vemos a Francia apoyando a los moderados e Inglaterra a los progresistas, y España, mediatizada por ambas potencias.  
En América, España sigue conservando Cuba y Puerto Rico, ante la presión de unos Estados Unidos imperialistas, gracias al interés que tienen Francia e Inglaterra en cerrar el paso del Caribe a los yanquis.   En Asia, España asiste casi pasivamente a la apertura de Oriente a la influencia occidental.
Los caracteres generales de la política exterior española en el tiempo de Isabel II, son de mantener el statu quo de cosas existentes, procurando evitar cambios; esta política se lleva a cabo de una manera dispersa y discontinua y, a veces también, con funcionarios completamente ineptos.
La "Cuádruple Alianza" de 1834 estaba firmada por Francia, Inglaterra, España y Portugal.  Las primeras son dos potencias fuertes política, militar y económicamente.  Las otras dos son débiles, con una pesada deuda exterior, con balanza comercial deficitaria y con fuertes inversiones de capital extranjero, lo que las convertía en colonias económicas.  Las dos primeras cuentan con unos 66 millones de habitantes; las dos segundas, con unos 19 millones.  España se ve influenciada por estas dos potencias en lo político (regímenes constitucionales), en lo económico (mercado de manufacturas y capitales) y en lo estratégico (rutas marítimas del Mediterráneo occidental).
La política exterior de España durante todo el siglo XIX será bailar al ritmo que le toquen.  Cuando Francia e Inglaterra se pongan de acuerdo, España se unirá a ambas; cuando entren en conflicto, España se abstendrá.  En otro aspecto, Europa vive la época de las unidades nacionales: unidad alemana, unidad italiana.  España y Portugal también sacan a relucir motivos ideológicos y económicos (ferrocarril Madrid-Lisboa) para realizar la "unidad ibérica".  El programa será muy caro a los progresistas de ambos países; no así a los moderados, quienes, como gobiernan durante más tiempo, terminarán el problema.
Los moderados serán siempre francófilos, como quedará de manifiesto con el desdichado "matrimonio de Isabel II".  Pese al veto inglés, la fórmula impuesta por Luis Felipe será aceptada por la reina española, en parte también por razones de orden interno.  España romperá relaciones con Londres, en 1848, debido a la coyuntura revolucionaria de ese año y a la excesiva intromisión británica en la política exterior del país.  Los moderados también demostrarán su apoyo al Papa Pío IX, frente a los revolucionarios, que acabarán proclamando la República Romana.  Allá fue el general Fernández de Córdoba con 5.000 hombres para luchar contra los "ateos".

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