28 jun. 2012

LAS CLASES SOCIALES EN LA RESTAURACIÓN (II)

Burguesía minera, industrial y bancaria en estrecha unión con la oligarquía agraria forman una clase social reaccionaria y conservadora, incapaz de cumplir su papel histórico y arrastrando, a lo largo del siglo XX, su profunda contradicción.
La burguesía cobró miedo ante el ímpetu revolucionario del proletariado y se dedicó a buscar garantías, refugio y protección en el feudalismo agrario, en la red burocrática de Madrid, en la endogamia y hasta en el ejército, para vivir su paz social, sus grandes negocios, su influencia en los destinos públicos y su despliegue espiritual.  Los burgueses renunciaron a innovaciones más profundas de la estructura general del país.  Su abdicación era una innegable regresión cargada de negaciones y limitaciones.  Era mejor detentar el poder político y conservar una serie de instituciones para resguardar sus posiciones y poder económico.  Sus anteriores lemas: gobierno popular, sufragio universal, juicios por jurado, plena libertad de asociación y de expresión, etcétera, fueron echador por la ventana.
La burguesía de un país que había ido protagonizando una acción histórica incapaz de realizar la revolución política de la clase burguesa, se habrán de encontrar abocadas a vaivenes, fenómenos y actitudes parcialmente distintos a los sufridos por los núcleos burgueses de los demás países desarrollados.
Entre estos vaivenes hemos de citar a los abogados, con un nivel educativo y económico superior al de las clases medias, que les lleva a actuar en la vida social y política.  Lo cierto es que entre ellos se formó una clase parlamentaria más distinguida. Gracias a la brillante oratoria de algunos y a la profundidad de pensamiento de otros, dominaron sin esfuerzo la tribuna pública y escalaron con facilidad el poder.  El sistema constitucional les confirió un papel relevante, en el que se enaltecieron políticos de la talla de Cánovas, Maura y Canalejas.  Pero el mismo éxito del sistema preludió el cansancio que muy pronto se notó en el país respecto a la capacidad de este tipo de dirigentes.  El abogado-diputado de la Restauración era excesivamente retórico para una época que exigía realidades prácticas.  A fines del XIX la burguesía señaló la culpabilidad del parlamentarismo barroco y huero en el mal andar del país.  En las Cortes de 1901 los abogados figuraban en una proporción del 62%: 244 diputados frente a 19 ingenieros, 11 médicos, 17 industriales y 9 agricultores.  Y el resto, hasta 389 funcionarios, de distintas procedencias.
Estas cifras no son para nada sorprendentes.  Indican cada uno de los fenómenos típicos del viciamiento del parlamentarismo español por el nepotismo y el caciquismo.  Señalan también el papel predominante de los juristas en el sistema.  Aunque este fenómeno continuó hasta la interrupción de la vida constitucional en 1923, por aquel entonces el grupo social de los abogados se veía batido en brecha por unos profesionales afines, aunque de signo contrario: los técnicos.

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