19 jun. 2012

LA VICALVARADA, LA REVOLUCIÓN Y EL BIENIO PROGRESISTA (1854-1856) (II)

La revolución de 1854, típica y completa, pretenderá reformar el país de acuerdo con los patrones progresistas.  La aversión a los especuladores era general y el gobierno demostraba su debilidad acudiendo a la intransigencia sin el apoyo del ejército.
El mundo del trabajo se lanza a la revuelta exigiendo asociación, empleo y pan.  Los salarios no seguían el alza de los precios y el peligro de la mecanización amenazaba el empleo de los trabajadores.  El precio del trigo se elevó y los obreros catalanes se lanzaron a la huelga exigiendo asociaciones, negociación de los acuerdos salariales y sustitución de las selfactinas.  Varias regiones eran castigadas por el hambre.  El descontento fue aprovechado por los demócratas y progresistas.
En estas circunstancias, los generales de la oposición del gobierno de San Luis estaban dispuestos a todo, aunque preferían una revolución militar a una revolución civil.  O'Donnell, que llevaba cinco meses escondido, tomó la dirección.
La revolución estalló el 28 de junio de 1854.  O'Donnell se enfrentó a las fuerzas del gobierno en Vicálvaro, cerca de Madrid.  La escaramuza arrojó un resultado indeciso.  el ministro de la Guerra volvió a la capital y O'Donnell esperó en Aranjuez el curso de los acontecimientos.  En esta situación era urgente la politización del levantamiento y se pide la ayuda progresista.  En el manifiesto del Manzanares, redactado por un jovencísimo Cánovas del Castillo (prohombre de la Restauración, como veremos), se dicen cosas muy gratas a los progresistas: mejorar la ley electoral y la ley de imprenta rebajar los impuestos; robustecer las autonomías regionales y, sobre todo, la restauración de la Milicia Nacional.  De esto a llamar a Espartero y a los progresistas al poder sólo mediaba un paso.
Días después, varias ciudades se pronuncian contra el gobierno, salvando así a O'Donnell y obligando a Isabel II a destituir a San Luis.  En Madrid, las clases populares se lanzaron a la calle en estas "jornadas de julio", ganando la baza a los militares fieles al gobierno, en las barricadas y en las luchas callejeras.  Sus objetivos eran el saqueo de las casas de San Luis y Salamanca y fusilar, tras un juicio popular, a un jefe de policía.  También saquearían las casas de la reina madre.
Debemos también sobrevalorar el comportamiento político de estas masas urbanas, bien dirigidas por activistas demócratas y progresistas radicales, en pro de una empresa revolucionaria.  Las iras contra María Cristina y contra la burguesía de lo negocios, en Barcelona se convierten en reivindicaciones sociales, basadas en la escasez de trabajo, en el bajo nivel de los salarios y en la necesidad de la asociación obrera.
El entusiasmo revolucionario sentimental es lógico que decayera y no fuera aprovechado políticamente por los demócratas; el problema era claro: aún no había una fuerza capaz de defender seriamente un programa de clase.  La revolución social no se produjo y la democrática tampoco, a pesar de que estuvo muy cerca de la abdicación de Isabel II.
Hemos asistido, con seis años de retraso, a la versión española de la revolución europea de 1848.  El movimiento popular fue chasqueado por los militares y los políticos progresistas, dando origen a su bienio.  De la resistencia popular se pasó a la revolución detenida, o mejor, arrebatada hábilmente de las manos del pueblo.
El 27 de julio de 1854 Isabel recurría a Espartero, que en Zaragoza se había puesto al frente de los sublevados.  Mientras que llegaba el duque de la Victoria, el viejo general progresista San Miguel presidía una junta de salvación, pactando con la reina, conteniendo la revolución y absorbiendo a la junta popular de los barrios obreros del sur de Madrid.

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