22 jun. 2012

LA MONARQUÍA PREFABRICADA DE AMADEO DE SABOYA (I)

El porvenir de la nueva monarquía era un conflicto que sólo podía desenmarañar quien lo había creado. Se suele calificar a Prim como el hombre de Estado más grande de la Revolución Gloriosa. Bueno, era un militar que sabía pensar en civil; un hombre duro que sabía desenvolverse en el Parlemento; un progresista que podía recurrir a radiales o a unionistas.  Las circunstancias necesitaban a este hombre que había sido asesinado en un atentado vengativo por intereses todavía por esclarecer: ¿el extremismo federal de Paul y Angulo?, ¿intereses esclavistas cubanos?, ¿Serrano?, ¿Montpensier?... Hasta el propio Amadeo, a quien ya se le consideraba con una escasa o nula capacidad intelectual, dijo a la viuda de Prim: "¡Qué pérdida para vos y para mí!".
En las vísperas de la llegada a Madrid -2 de enero de 1871- se representaba en el Teatro Calderón una pieza burlesca sobre Amadeo, "Macarroni I". Este rey italiano nunca sería popular.  Para el pueblo era un rey intruso, casi como lo fuese José Bonaparte.
Aunque sus partidarios pronto lanzaron al vuelo que tenía buenas cualidades para ser un buen monarca constitucional ("el rey que nos merecemos"), la verdad es que estaba muy lejos de poseer la experiencia y rapidez mental requeridas para el cargo.  Echegaray y Romero Robledo, que le acompañaron desde Cartagena a Madrid, confirmaron estos temores, y el último no tardó en afirmar: "Es un idiota".
La situación política, por añadidura, no era fácil: desgajada la coalición de septiembre tras la muerte de Prim, los unionistas ansiaban todavía coronar al desacreditado Montpensier.  La escisión crecía entre progresistas y demócratas y la rivalidad entre Ruiz Zorrilla y Sagasta era cada día más clara, profunda y evidente. A Amadeo también lo rechazaban los republicanos, los carlistas y el grupo de aristócratas alfonsinos (partidarios de la restauración de la antigua dinastía en la persona de Alfonso XII, el hijo de Isabel II).  En lógica, pero chasqueante paradoja, los carlistas formaron una alianza parlamentaria con los republicanos, y las aristocracias carlista y alfonsina emprendieron una campaña para luchar contra "lo de ahora".
Sobre la base de un bloque revolucionario totalmente desinteresado, el rey y sus consejeros trataron de crear artificialmente dos partidos: liberal y conservador, para que se turnaran pacíficamente.  Pero había un electorado indiferente y la mayoría parlamentaria de la mitad más uno sólo era posible en un sistema bipartidista claramente definido.  Si el rey concedía un decreto de disolución de las Cortes a un partido, resultaba ganador de las elecciones el ministro de Gobernación que había ordenado la disolución, con lo que el rey era un jugador más y no el árbitro imparcial que se deseaba.
De momento siguió intentándose la conciliación revolucionaria de unionistas, progresista y demócratas con un Serrano como primer jefe de gobierno de la nueva monarquía, pero no tardará en demostrarse que la coalición revolucionaria de 1868 había muerto.
Amadeo tendrá que apoyarse en dos grupos políticos: el de los constitucionales, acaudillados por Sagasta, que constituyen la derecha del régimen, y el de los radicales, dirigidos por Luis Zorrilla. En el primer grupo están los unionistas y los más moderados de los progresistas y demócratas; en el segundo, los progresistas y demócratas más audaces.  Ambos eran afectos a Prim y resueltos a la sucesión del jefe. Sagasta era un hombre de orden, manipulador y fácil para hacer política desde el poder.  Ruiz Zorrilla era tenaz, sectario, basado en principios y hombre de oposición.
Este sistema bipartidista, basado en la eliminación recíproca de la vida política hacía tambalear la estabilidad de un trono recién estrenado.

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