5 jun. 2012

LA GUERRA CIVIL (CARLISTAS Y LIBERALES) (IV)

Durante la segunda fase de la guerra (hasta octubre de 1837), el conflicto va a trascender del ámbito regional al nacional.   El deseo de una victoria total empuja a los carlistas a salir de su base cerrada en el norte.  La famosa expedición de Gómez, así como otras, no consiguió nada.  Mayor fracaso constituyó la "expedición real" de 1837; durante 150 días el ejército carlista aterrorizó al país; cruzó toda Cataluña y Valencia, llegando a la vista de las murallas de Madrid, para luego tener que retroceder a su base del norte.  Demostró esta retirada que era falsa la cruzada popular, ante la cual una España harta de excesos liberales, se echaría en manos del rey verdadero.  Los carlistas, estaba claro, no tenían eco fuera de su hogar nativo.
Mientras tanto, Espartero, en el norte, volvía a liberar Bilbao y lentamente iba ganando posiciones.
La fase final de la guerra se desarrolla después del fracaso de la "expedición real", a partir del 15 de octubre de 1837, en que don Carlos repasa el Ebro.  A partir de ahora, el equilibrio militar se vuelve en contra de los carlistas.  Asistimos también a la crisis anterior del carlismo, que enfrenta a los navarros, extremos o apostólicos, con los castellanos, transaccionistas y moderados "marotistas".  Don Carlos se entrega a los apostólicos y se da el mando a Guergué, aquel que dijera: "Los brutos llevaremos al rey a Madrid".
Un inciso para recordar la caricatura que del carlista hace Larra:

"Cabeza chica y achatada por delante y por detrás, podía caber en ella todo lo más una idea, y ésa no muy grande; ojos como la intención, atravesados y hundidos; pies, como de persona que no anda muy derecha; manos de ave de rapiña, el traje, todo de moda atrasada porque las gentes de este partido nunca están muy al corriente; corto de vista si los hay, como aquel que está acostumbrado a poca luz y le ofende la de un día claro..."

En el ejército isabelino el procedimiento era muy distinto.  En 1839 el frente norte del general Espartero tenía 100.000 hombres y 700 cañones, contra 32.000 hombres y 52 cañones de los carlistas.  Las reservas humanas carlistas, sus fábricas de municiones improvisadas y sus impuestos y contribuciones (impopulares) no bastaban para sostener una guerra contra las nueve décimas partes de España.
En 1838, don Carlos dio a Maroto el mando de su ejército.  Maroto era un militar de carrera, veterano en las guerras americanas, y personificaba la aversión que sentían los combatientes y la gente "decente" por la corte clerical.  A Maroto se le estaba haciendo responsable de todas las derrotas sufridas por el carlismo y se conjuraba contra su persona.  Maroto decidió eliminar a Tejeiro, jefe de los clericales absolutistas, y a los generales navarros antes de que acabaran éstos con él.
Fusilados seis militares y exiliados los clericales, el pretendiente declaró traidor a Maroto.  Los soldados aclamaron al general y don Carlos había abdicado virtualmente.  Maroto tenía que elegir entre ser fusilado o llegar a un acuerdo con sus enemigos.

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2 comentarios:

Perlimplín dijo...

¿Que los "carlistas no tenían eco fuera de su lugar nativo"?

Menuda afirmación.

Quizás por eso el ejército liberal tenía que obligar mediante levas a la población a nutrir sus ejércitos, mientras que la inmensa mayoría de los carlistas eran voluntarios.

Para no tener apoyos, buenos 7 años de guerra que se tiraron, y eso que al final perdieron solamente por la traición del General Maroto y sus 15.000 hombres que restó a las fuerzas carlistas.

FRANCISCO GIJON dijo...

Estimado Perlimplín,

Aunque no mantengo debates sobre la interpretación que ofrezco de la Historia de las Españas, quiero agradecerle su aportación. Mi interpretación está clara en el presente artículo y respaldo vehementemente la suya, que no comparto para nada. Reciba un cordial saludo con toda mi gratitud.