20 jun. 2012

LA GLORIOSA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE DE 1868

La crisis del gobierno isabelino, el trasfondo económico, la situación de los diversos partidos políticos y el advenimiento de la revolución ya quedó expuesto al hablar de la etapa final del reinado de Isabel II (1863-1868).  Mientras Serrano, Prim y Topete, los tres paladines del pronunciamiento del 18 de septiembre de 1868, en Cádiz, se dirigían hacia Alcolea y Madris, pedían

"un gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país, asegure el orden en tanto que el sufragio universal eche los cimientos de nuestra regeneración social y política."

La revolución de septiembre era, en efecto, inviable por pretender una revolución democrática en un país de aspecto semifeudal, con muy endeble base mesocrática y burguesa.  Los hombres de la revolución de 1868 dejaron intactas las bases socio-económicas que cimentaban el régimen derribado en septiembre; dejaban, pues, abiertas de par en par las puertas a la indefectible restauración.
En el otro extremo de la Península, el pueblo donostiarra veía marchar a la reina en medio del mayor silencio.  Sólo Isabel II lo rompió para decir: "Creía tener más raíces en este país".  Sin otro incidente que el producido por la presencia de su amante, Marfori, la real familia llegaba a Pau (Francia).  A la parte de acá de los Pirineos, la prensa "libre" se desataba en ataques contra los Borbones.  Aparecieron folletos, libelos y caricaturas que ponían en evidencia los gustos sexuales de la reina y de su consorte, el cual era homosexual.
Transcribimos a continuación un poema satírico republicano contra los Borbones, fruto de la exageración de aquellos momentos:

¿Qué se hizo doña Isabel?
Los señores de Borbón,
¿qué se hicieron?
¿qué fue de tanto doncel?
¿Qué fue de tanto bribón
como tuvieron?

Aquel tesoro soñado
de dichas y de venturas
lisonjeras;
aquel despotismo ansiado, 
¿qué fueron sino verdura
de las eras?

Nuestras vidas son las rías
que van a perderse al mar
como todo; 
allá van las monarquías
dejando sólo pasar
ruido y lodo

Tanto lacayo gentil, 
tanto guardia alabardero
y azafata:
tanto adulador servil
yendo siempre al retortero
de una ingrata.

Tanto vestido de fiesta
con las plumas enroscadas
como sierpes;
tanta peluca en la cresta, 
y tantas carnes pintadas
por as herpes.

Tanto andar de jubileos
y cantar el gori gori
sin recato:
tanto cariño a los neos
y tener luego a Marfori
de Traviato.

Tanto principio injerto
de los que padre el marido
ser rehúsa:
tanto engaño descubierto,
como no ha conocido
ni en la inclusa.

¿Qué fueron sino la fuente
que mamando poco a poco
va a formar
el poderoso torrente 
que se precipita loco
sobre el mar?

Harto tiempo tus errores
toleró la muchedumbre
perezosa:
y olvidando sus dolores, 
te llamaba por costumbre
generosa.

Nombre te dio insensato
y por el cual tú brillabas, 
y yo arguyo:
que aún dándolo de barato
lo poco que tú dabas
era suyo.

Mas ya pasó el tiempo aquel;
los señores de Borbón
ya pasaron.
¡Que Dios perdone a Isabel,
y proteja la nación
que afrentaron!

(Estas coplas son de Manuel del Palacio, y fueron publicadas el 4 de octubre de 1868)

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