20 jun. 2012

FINAL DE LA ÉPOCA ISABELINA (1863-1868) (III)

A la altura de 1848 había quedado claro que el partido progresista tenía más que ganar del ejército y de la Corona que de las masas.  Los progresistas, poco a poco, se habían ido apartando de la herencia radical de 1812.  Subsanar esto es lo que intentaba el diputado de Sevilla, Rivero, y un nuevo partido, el de los demócratas.
El objetivo de estos demócratas es minar el poderío del ejército y sustituir los pronunciamientos con el entusiasmo popular.  Reclaman libertad de prensa, de palabra y de religión; una milicia nacional, enseñanza primaria libre y obligatoria, enseñanza universitaria liberal, el establecimiento de un sistema judicial de jurados, sufragio universal, etc...
En el partido demócrata tienen cabida socialistas utópicos que quieren dar al nuevo partido un molde socialista y republicano.  El partido nacía con divisiones.
Los progresistas siguen colaborando con el ejército y aun con los moderados.  Lo hemos visto claramente en la revolución de 1854 que termina con la Unión Liberal entre Espartero y O'Donnell.  Los demócratas intentaron aprovechar la situación revolucionaria de 1845, pero los progresistas y su milicia no les dejaron llegar a extremismos.  Pese a la efusión demócrata de Espartero, a quien saludaron como el "salvador de la revolución", pronto se dieron cuenta de que éste era una carga para la revolución, y los demócratas se vieron excluidos del poder al contar sólo con 16 diputados en las Cortes frente a la aplastante fuerza de los liberales.
El fracaso de los demócratas en influir en los resultados de la revolución lo subrayó la primera obra política de Pi y Margall (LA REACCIÓN Y LA REVOLUCIÓN).  Recomendaba el autor la necesidad de romper con el progresismo; atacaba la soberanía del pueblo y la del poder y las sustituía por la "inalienable soberanía del individuo" y la "idea de pacto".  Demostraba la inevitabilidad de la revolución (apoyándose en Proudhon, Heder y Hegel) y la descentralización, anticipándose a los anarquistas.  Atacaba al ejército, al peso de los consumos, al sistema de quintas,  a la prodigalidad del gobierno y a la limitación del voto.
Estaba claro que Pi y Margall tenía que chocar con los antiguos progresistas del partido demócrata y con el colaboracionista Rivero.  Para escindir más a los demócratas, Pi y Margall era ateo, atacaba al cristianismo y decía que "la fe, como la virginidad, no se recobra".  al revés que el brillante intrigante Rivero o que el vanidoso y grandilocuente Castelar, Pi era un hombre seco, firme, reservado, sencillo, incorruptible, intelectualmente honrado.
Tenemos a los demócratas ex progresistas, tercos en una política colaboracionista (Rivero, Castelar, Orense); a los radicales, deseosos de transformar a los demócratas en un partido popular de masas con reformas sociales y económicas (Pi y Margall) y, ahora, a los defensores del terrorismo, después de la desilusión de 1854, y con la finalidad de emancipar a los trabajadores por medio de la asociación libre de cooperativas de consumidores y productores (Sixto Cámara y Fernando Garrido).
Como la ley de prensa del reaccionario Nocedal les tenía amordazados, sus debates se convirtieron en un análisis de las premisas sociales, económicas y filosóficas de la democracia.
Las directrices dentro del partido demócrata se estaban endureciendo.  Pi y Margall quiso hacer de árbitro entre los antisocialistas (Orense, Castelar y Rivero) y el socialista, o mejor societario, Garrido.

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