13 jun. 2012

ESPAÑA SIGLO XIX, LA EVOLUCIÓN DE LOS RANCIOS (I)

Poca gente sabe que la nobleza española fue la más numerosa de Europa.  Ya nos hemos referido, al hablar del siglo XVIII, a que todavía en 1768 correspondía un noble por cada 12 habitantes.  Ahora, a comienzos del XIX, constituía, junto con el clero, la realidad más viva del país.  Poseía enormes cantidades de tierra (el triple que el clero), detentaba cargos, jurisdicciones, señoríos, privilegios y monopolios.  Las Cortes de Cádiz, al establecer la igualdad civil, atacaron la posición privilegiada de la nobleza, devuelta con el retorno de Fernando VII, quien se preocupó de conservarla y aumentarla, pese a no haber dado muestras de celo patriótico en la Guerra de la Independencia (claro que él tampoco).
Sin embargo, no cabe duda que las corrientes liberales y democráticas actuaron poco a poco contra la jerarquía y sentimientos aristocráticos. El censo de 1826 arroja un número de 403.382 nobles (uno por cada 34 habitantes), lo que supone un serio descenso, sobre todo, de la clase de los hidalgos.  El peso económico de los nobles sigue siendo fuerte, lo que les permite mantener su influencia política.  El Estatuto Real de Martínez de la Rosa, al establecer una Cámara Alta y una Cámara Baja, permite la presencia de los grandes de España  en el Estamento de Próceres por le solo hecho de tener una renta anual superior a los 200.000 reales,mientras que el resto delos títulos de Castilla podían ser elegidos por percibir 80.000 reales de renta.
Los fenómenos desamortizadores dan al traste con gran cantidad de viejos hidalgos, obligados a vender sus mayorazgos.  Capitalistas y alta nobleza se beneficiaron de estas ventas, constituyéndose así una potentísima nobleza latifundista.
Pese a que los hidalgos habían sufrido esta dura sacudida, obligándoseles a dispersarse por la industria, el comercio, el funcionariado, la milicia, la intelectualidad, etc..., la aristocracia sigue imponiendo sus normas de vida, sus mitos y creencias.  El reinado de Isabel II sigue ennobleciendo a políticos, militares y banqueros (los motivos pasan, los sistemas quedan), como en el caso de Espartero, O'Donnell, Prim, los Gutiérrez de la Concha, Ros de Olano, Gaspar de Remisa, José de Salamanca y docenas más.
La nobleza, aunque no aparece en los censos a partir de 1860, seguía subsistiendo y continuaba siendo una de las fuerzas más poderosas del país.  La valoración de lo noble sigue haciendo estragos en palacio, en los ministerios y en las tertulias de políticos e intelectuales.  El noble, bien unido a militares, políticos y financieros de prestigio, mantiene el monopolio sobre ciertos cargos (embajadas, ejército) y se vinculará estrechamente a los grupos burgueses oligárquicos para, por medio del contubernio sangre-dinero, conservar su privilegiada posición.  Esto rancios vástagos se apoyarán también en el caciquismo para no dejarse escapar las riendas del poder, que empiezan a ser amenazadas por el mundo laboral del campo o de la ciudad.

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